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La veta cultureta: 'El dedo en los labios' de Lola Pons

Más de uno

September 29, 2026

Carlos Zúmer nos descubre esta historia cultureta de esta novela que expone que aunque la cultura deja huellas en sus voces, también en sus silencios, y debemos aprender a leerlos para descubrir otra manera de mirar el pasado.

Speakers Carlos Zúmer

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Ahora, en Más de uno, la beta cultureta de Carlos Zúmer.

Carlos Zúmer (0:07)

El Premio Nobel de Literatura Henrich Boll se inventó a un señor llamado el Dr. Murke, técnico de radio en Alemania Federal en los años 60 y con una cierta parafilia radiofónica. El Dr. Murke coleciona ciertos momentos grabados de los programas que realiza, y mete en su lata amarilla de galletas trocitos de cinta manetofónica, trocitos que suenan más o menos así.

Silencios de radio, dudas, pausas, respiraciones. Luego lo pega todo y le salen tres minutos. Que Murke utiliza para relajarse por la tarde o para conseguir dormir por las noches.

Ha estudiado los silencios del doctor Murke y todos los demás, la catedrática Lola Pons, estupenda articulista en el diario El País y autora ahora de un libro llamado El dedo en los labios, indagación filológica y lingüística sobre nuestra relación histórica con el silencio y con las formas de nombrarlo. Empezando por la propia palabra silencio, un cultismo de origen religioso. En los primeros textos castellanos cuenta la autora si alguien dice silencio, está sobre todo mencionando el silencio confesional, hermano del cilicio, la abstinencia y la obediencia, una palabra, por tanto, salida de los monasterios. Sacrificio devoto de algo tan humano como hablar, callarse era la única vía de acceso al mensaje divino. El antiguo testamento, de hecho, cuenta la autora, incluye gran variedad de términos ligados a distintos estados de silencio. Y la paradoja es inevitable. Hay que callarse para conseguir oír a un dios que tampoco habla. Para acceder a su misterio hacen falta sus ministros. Y hablando de ministros, el silencio salta entonces de las congregaciones a los pasillos y despachos. Palabras como sigilo o secretario, piénsalo, secretario, empiezan a surgir y permear desde o hacia una vida cortesana y política cada vez más intensa y sofisticada, que exige discreción e incluso secretismo. Después aprendimos a callarnos nosotros también, la gente, el público. A partir sobre todo del siglo XIX, dejamos de ir a un concierto o al teatro para berrear opiniones al propio actor o hacer ruidosa vida en sociedad. Desde entonces exigimos desde nuestra butaca un silencio conventual.

Pero la ausencia total de sonidos es imposible. Lo experimentó el propio músico John Cage, el de la famosa canción de los cuatro minutos de silencio. Cage se metió una vez en una cámara anecoica, una sala expresamente construida para anular todas las ondas sonoras. Allí dentro, sin embargo, seguía escuchando un leve sonido, uno agudo y otro grave. Era el murmullo de su sistema nervioso y de su circulación sanguínea.

Más de uno en Onda Cero.

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