Jacobo Bergareche relata la odisea de un menor no acompañado desde África: "Ellos asumen ya la posibilidad de la muerte el día que se van"
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September 28, 2026
Jacobo Bergareche relata la odisea de un menor no acompañado desde África: "Ellos asumen ya la posibilidad de la muerte el día que se van"
Speakers Carlos Alsina Álvarez, Jacobo Bergareche
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Carlos Alsina Álvarez (0:12)
Si esto fuera una película, el guionista podría haber jugado con nosotros, mostrándonos a dos niños de la misma edad, de ocho a nueve años. Primero a uno, después al otro, cada uno en un lugar distinto. El lugar del primero pues sería un campo entre bosques, castigado por el sol, donde se levanta polvo, y el niño pues estaría en una granja, donde veríamos un puñado de vacas, unas cuantas cabras, un pozo y cuatro chozas de barro, techadas con sarmientos. El lugar del segundo niño sería la última planta de un cazoplón. Sus dos hermanos mayores han puesto otro vinilo en el tocadiscos y tampoco en este sentido una palabra de lo que dice el cantante, porque no es inglés, no es francés, no es español, pero los dos hermanos mayores se han aprendido la canción y la cantan incluso sin saber qué dice. El niño los mira y se pregunta qué mosca les ha picado con ese país remoto del que están todo el tiempo hablando. ¿Cómo se llama ese país? ¿Mali o Malí? Si esto fuera una película, el guionista jugando con nosotros nos mostraría cómo el segundo de los niños va a un colegio con excelente reputación porque él pertenece a una familia adinerada de posibles con apellidos muy sonoros de esos que abren puertas. Y todo el mundo da por hecho que le irá bien, da igual a lo que se dedique porque la fortuna le ha sonreído. Y veríamos luego al primer niño vagando por calles ruidosas y polvorientas porque le han vuelto a prohibir la entrada en clase. Él es muy buen estudiante, pero su padre no ha pagado la última mensualidad, que son cinco euros. Y el niño, que ahora tiene doce años, ha entendido que quedarse en esta ciudad es condenarse a no tener un futuro, porque la fortuna, digamos que se está riendo de él. Si fuera una película, el guionista tardaría un rato en revelarnos que los dos niños no están en la misma ciudad, ni en el mismo país, ni siquiera están en el mismo tiempo o en el mismo año. El niño que pisa las calles polvorientas lo hace muy entrado ya al siglo XXI, en el mundo globalizado de los teléfonos móviles. El niño que escucha discos con sus dos hermanos mayores lo hace a comienzos de los años 90, en una urbanización en Madrid, capital de la España Olímpica. Amadou se llama el primero, Roque se llama el segundo. Ahora sabemos, porque ya nos va dejando saber el guionista, que Roque nació muchos años antes que Amadou. Aunque sigamos sin saber por qué en esta historia aparecen ambos.
Mira ahora Amadou, que tiene 12 años, y ha llegado el momento de dejar su aldea y de ir a la capital, a donde hace tiempo que se fue el padre y ha confiado en abrirse camino. Ha caminado con su madre hasta el final del bosque, donde está el mercadillo de verduras y frutas, y un bazar donde venden cordeles, linternas, botellas de cristal llenas de combustible. En frente está la parada de taxis colectivos que llevan a Conakry, que llevan a una legión de personas apretadas y confundidas con las mercancías. En la cabeza de este niño ya está viajar mucho más allá de esa ciudad. Por eso, aunque parezca que solo es una despedida más, puede que esta sea la última vez que vea a su madre en mucho tiempo. Y él quiere hacerle un regalo. Pero no tiene más que un par de monedas que apenas dan para comprar una bolsa de agua. El agua se vende aquí en bolsas de plástico porque así muerdes una punta y por ahí ya sale el chorro como si fuera un porrón. Así que el niño entrega el agua a la madre que le agradece el gesto porque el calor es intenso y porque ella aún tiene que regresar al pueblo. Ella no lo sabe, él quizá lo sospecha, pero pasarán ocho años antes de que vuelvan a verse. Amadou vive ya en la capital, mírale, o malvide, desde hace unos meses. Está en casa de su tío que es el jefe de familia y de su cabeza nunca se ha marchado la idea del viaje. Esta noche ha acompañado a su padre, al chamizo en el que este vive, alejado de la casa del tío. Amadou sabe dónde guarda los pocos ahorros que tiene el padre y hace que él se distraiga un momento con cualquier cosa para poder echar mano del dinero. Luego cena algo con él, le da las buenas noches, cuando abandono a la chabola, para volverse o eso lo dice a casa del tío. El padre no se da cuenta de que este buenas noches suena un poco distinto. Suena a voy a emprender un viaje. Suena a no sé si volveré a verte. Suena a podré ayudarte cuando tenga una vida en el país de los blancos. El crío cierra la puerta. Se queda un rato mirando al chamizo y luego corre hacia el solar donde paran los camiones que van de Conakry a Amali. O Amali. Y allí se junta con otros críos que tienen su misma edad y tienen su mismo empeño. Lleva encima 50 euros, una muda y un cepillo de dientes. Ni siquiera sabe cómo se llama ese país en el que viven y parece que viven bien los hombres blancos.
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