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El sueño de Alsina: "Tenía más patrimonio que Zapatero"

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September 24, 2026

El sueño de Alsina: "Tenía más patrimonio que Zapatero"

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Esta noche soñé que despertaba sobresaltado, porque en sueños había recordado algo. Salté de la cama y me fui directo al armario empotrado, donde guardo la tabla de la plancha. No puede ser, me decía yo. No puede ser, pero sí que podía. La pared del fondo era falsa. Y al empujarla daba acceso a una sala secreta en la que yo, la verdad, pues te digo que no me acordaba de que existiera. Acerté a encender la luz, no sé ni cómo, y vi que había una estantería enorme llena de cajas etiquetadas.

Reconocí la primera de las cajas, ponía Albacete 2006 Y dentro había 30 navajas hechas a mano con empuñadura de oro y de acero valirio, que me habían regalado la primera vez que hicimos allí la brújula. Al lado y en otra caja había 30 monedas de plata, pero de plata de verdad, que me regaló Rufián cuando aún repudiaba la corbata y que yo te digo, en serio, que es que las tenía completamente olvidadas. Tampoco recordaba los bonos alemanes que me envió Merkel unas Navidades, al peso era medio millón de marcos, ni los títulos de propiedad de siete apartamentos en Vera, que ahora que caigo puso a mi nombre un oyente agradecido. En frente de la estantería en una vitrina relucían varias diademas de diamantes, un collar de perlas de la Reina de Inglaterra y 20 o 30 Rolex que yo tenía completamente olvidados. Al lado descubrí que tenía aparcado un jaguar del que por supuesto no me acordaba. Hice memoria y lo que sí recordé es que fue un regalo del concesionario por haber mencionado en la antena el buen servicio que prestaban y que como el color no me convencía, me regalaron otros dos de distintos tonos. Yo, ¿qué quieres? Los dejé ahí aparcados en el armario y no volví a caer en la cuenta de que los tenía. Como me pasó con el Rolls, otro regalo este de Elton John. Me llevé las manos primero a los bolsillos y luego a la cabeza. Dije, ¿pero qué de cosas tengo a las que nunca había echado cuenta? Eché la cuenta rápida y me salía que tenía más patrimonio que zapatero. Se me apareció el espíritu de España, no la nación de naciones, sino el ministro de Hacienda. Juro que no me fijé, me excusaba yo y él decía, no es disculpa, no es disculpa. Me castigó a publicar cien veces en una pizarra el buen contribuyente siempre sabe lo que tiene y cuánto vale. ¿Qué es lo que yo le dije? No la pagué conmigo, que zapatero es de los suyos. Él puso cara de contrición y me aumentó el castigo. Además de la pizarra, una paralela.

Conseguí el teléfono del abogado de zapatero y le envié un WhatsApp por si pudiera ocuparse también de lo mío. Y él se excusó, me dijo, solo defiendo a consultores de análisis relevante. Digo, ¿pero qué consultores? Y dice, tapera el dueño. Y ahí me puso el emoticono de una caca. Y una manita diciéndome adiós. Luego supe que Zapatero a esas horas había salido en peregrinación a la Meca, con Sonsoles y con sus hijas y con Gertrude. Peregrinación rogatoria, lo llamaban en la televisión, porque Zapatero iba a rogar a la dictadura saudí que le regalara una cuartada.

Pensé que los reyes autoritarios salen cada vez más en los telediarios. Imaginé a Zapatero con la huija invocando a Abdalad y Arabia Saudí. Y a Mohamed, sexto, el de Marruecos, dando de comer a Santiago Abascal en Ceuta. Santi se le estaba poniendo bien gordito a Mohamed a base de desinformaciones y de miedo, inseguridades y de bulos. Y feijó a su lado, pues ya parecía una silfie. En la radio, Marta saltaba de los pimientos de Almería a la pimienta del Congreso con una facilidad que ni Pablo y Soledad ten honda agraria. Ana Vázquez se enfrentaba ya a cargos criminales en el Tribunal de Orden Público. Y Francina, para entonces, había ordenado evacuar los aseos, el hemiciclo, la biblioteca, los despachos de los grupos, el garaje y las cabinas de la prensa. Sólo se salvó la cafetería del Congreso, donde se amontonaron sus señorías haciendo bromas sobre las pimientas de destrucción masiva. Me pareció que el clima era de un choteo inadmisible y fui a chivarme a Francina. Pero ella me dijo, con estos bueyes he de arar. Y dicho y hecho, se calzó un yugo de madera y se puso a hacer surcos en el hemiciclo. Yo le pregunté, ¿va usted a hacer siembra? Porque me salió ahí el periodista que ya no soy. Y me dijo ella, no son surcos, son trincheras.

De regreso a la cama me pareció que en los medios se respiraba una cierta decepción porque había terminado el día de y nadie había vuelto a invadir Ceuta.

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