El recorrido de Alsina por Rentería: la historia de Alberto, víctima de la violencia visible y ambiental de ETA
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October 20, 2026
El recorrido de Alsina por Rentería: la historia de Alberto, víctima de la violencia visible y ambiental de ETA
Speakers Iker, Carlos Alsina, Ander Izaguirre, Alberto Muñagorri, Andrés Aguirre, Siara, Vanessa, Maite
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Iker (0:00)
Más de uno en Onda Cero, con Alsina.
Carlos Alsina (0:19)
Durante años, muchos años, muchos años, ¿a la pregunta. qué noticias sueñas con poder dar algún día? La mayoría de los periodistas de mi país respondían el final del truorismo. Unos lo decían así, otros decían la paz, otros decían la desaparición de ETA y otros decían la convivencia pacífica. Durante años la respuesta sonó más como un anhelo, más como un sueño, que como una posibilidad cierta. Tantas decepciones llevábamos ya en la mochila, que el día que llegó la noticia del final del terrorismo, el día que dimos la noticia hace hoy 15 años, esa noticia llegó envuelta en escepticismo, llegó envuelta en un recelo bastante justificado y en la duda de si esta vez iba a ser distinto, de si esta vez iba a ser la buena. Ocurría que el crimen organizado ya había parado su actividad en otras ocasiones y siempre había vuelto a las andadas, las andadas que eran las bombas y los disparos en la cabeza y la extorsión y la propaganda.
Esta mañana les estamos hablando desde Rentería. Su nombre oficial en euskera es Rentería. Estamos a la vera de lo Ollarzun, que es un río corto pero que cunte y que de aquí va camino de pasajes o de pasalla y que es el río que da nombre también a este valle. En la orilla izquierda estamos paseando por el casco antiguo, lo vamos a hacer en estos próximos minutos, casco antiguo de calles adoquinadas o empedradas, calles peatonales. Algunas tan estrechas como esta en la que estamos ahora mismo, que es la calle Magdalena. El casco antiguo de plazas de todos los tamaños y de calles limpias y plazas tranquilas y fachadas que también son estrechas y que tienen balcones de hierro y que tienen macetas y pequeños comercios y algún cartel y alguna pintada. Hay alguna bandera palestina, he visto.
Alguna pintada reclamando la independencia. Rentería pudo sacarse de encima hace ya algunos años la carretera nacional 1 que antes atravesaba la ciudad, pero mantiene las vías de tren. Las vías de tren que obligan a algunas de estas calles a pasar bajo puentes de arcos de piedra. Lo hace esta calle Magdalena, quédense con el nombre de esta calle. Lo hace una calle paralela a esta que es María de Lezo, de la que también hablaremos luego. Y lo hace Morronguilleta, que es la calle que desemboca en la pequeña plaza Aralar. La plaza en la que estuvo la oficina de Iberduero. Esta rentería de hoy, el casco viejo, con apenas ruido, como ustedes están comprobando, con personas paseando, tomando café tranquilamente, se parece muy poco a la rentería en la que crecieron muchos de sus vecinos, aquellos que hoy rondan o superan ya los 50 años. 54 creo que tiene Alberto, luego le pregunto que es de quién más vamos a hablar esta mañana. Y vamos a hablar de Alberto porque Ander Izaguirre ha escrito 400 páginas con su historia.
La rentería de cuando Alberto era niño era una rentería gris y no sólo por las fábricas, era gris, era asfixiante y era violenta, era muy violenta. Estaba la violencia visible de disturbios, de cargas policiales, de coches cruzados a modo de barricadas en la carretera, de autobuses ardiendo, de explosiones, de policías y militares emboscados y acribillados, de gente corriente que resultaba herida en las cargas policiales, de detenciones arbitrarias que también las hubo, de detenidos torturados que también los hubo. Y estaba la violencia ambiental, que es esa que invita a mirar para otro lado. Es esa que invita a guardar silencio. Y a que un ayuntamiento apruebe mociones que condenan un crimen sin mencionar a los criminales. Y a que alguien se atreva a decirle a la madre cuyo niño ha perdido una pierna por una bomba que, oye, gracias a las operaciones, pues al final ha quedado bien, ¿no? ¿Y te han dado. cuánto? ¿6 millones de pesetas de indemnización? Pues igual no puedes quejarte, ¿no?
El paisaje gris, la opresión ambiental y el miedo. Oye, a nadie que se suba al autobús municipal, a quien te enteré ya se le ocurre pensar que puedan asaltarlo unos encapuchados para pegarle fuego. Pero en los años 80 y en los años 90 uno se subía al autobús sabiendo que justo eso es lo que podía suceder. Y que en las casas todo el mundo sabía cómo bajar deprisa las persianas cuando empezaba el alboroto, porque sabían que al primer ruido le seguirían los estallidos cristales, los cócteles molotov, el olor a gasolina y el humo.
Leyendo el libro de Ander y Zagirre uno pierde la cuenta de cuantos momentos desgarradores se han producido aquí, de las escenas reales que hoy nos parecerían increíbles, de padecimientos muy íntimos, de displicencias muy públicas, de la incredulidad con la que un crío de 10 años descubre mirando bajo la sabana en el hospital, que aunque sienta su pierna lo que tiene su muñón, del interés con que ese crío ya adulto y sin un átomo de autocompasión ni de odio, se pregunta cuál de sus vecinos sería el que dejó allí la mochila bomba, si quizá fue este con quien se ha cruzado tantas veces y que siempre le retira la mirada. Leyendo el libro de Ander, que es la historia de Alberto, escuchamos a una madre joven que sale de la habitación del hospital en la que está malherido su hijo y que habiéndolo visto tan bajo de ánimo, tan cansado, tan triste, le comenta al médico que teme que el niño se le esté apagando. Creo que mi hijo se está muriendo. Y observamos, leyendo el libro, al hermano mayor de ese niño malherido, conmocionado porque él le vio desmadejado y cubierto de sangre en la calle e incapaz de digerir su propio shock, pero capaz de considerar a su hermano un daño colateral, uno de tantos daños colaterales del conflicto, que fue la cuartada que sirvió para justificarlo casi todo. Leyendo el libro de Ander, que es la historia de Alberto, acompañamos en fin a una familia de Rentería que ha de seguir haciendo su vida entre viajes al hospital, entre infecciones, curas, ortopedia y recursos limitados. La nueva vida de un niño al que todo el pueblo conoce, pero por el que apenas nadie, y menos aún cuando los meses vayan pasando, alcanzará a interesarse demasiado.
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