Primera parte. Capítulo I. Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo Don Quijote de la Mancha.
Miguel de Cervantes - Don Quijote de la Mancha
January 13, 2026
Miguel de Cervantes y Saavedra - El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha (Edición Librivox) La versión completa puede ser bajada directamente aquí.
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Sección 1 de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra. Esta grabación del igribox está en el dominio público. Primera parte. Capítulo 1
Que trata de la condición y ejercicio del famoso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un Hidalgo de los de lanza en astillero, Adarga antigua, Rocín flaco y Galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, y algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto de ella concluía ensayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas con sus pantuflos de lo mismo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa un ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro Hidalgo con los cincuenta años. Era de complexión recia, seco de carnes, enjunto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. ¿Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada o Quesada? Que en esto hay alguna diferencia en los autores que de este caso escriben, aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llamaba Quijana. Pero esto importa poco a nuestro cuento. Basta que en la narración de él no se salga un punto de la verdad. Después de saber que este sobredicho Hidalgo, los ratos que estaba ocioso, que eran los más del año, se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aún la administración de su hacienda. Y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas janegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer. Y así llevó a su casa todos cuantos pudo haber de ellos, y de todos ninguno le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva. Porque la claridad de su brosa y aquellas intrincadas razones suyas le parecían de perlas. Y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito. La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura. Y también cuando leía. Los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedoras del merecimiento que merece la vuestra grandeza. Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelabase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacaran y las entendiera el mismo Aristóteles, si resucitara para solo ello. No estaba muy bien con las heridas que Don Belianís daba y recibía, porque se imaginaba que por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales. Pero con todo, alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra, como allí se promete. Y sin duda alguna lo hiciera y aún saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran. Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar, que era hombre doctor, graduado en Siguenza, sobre cual había sido mejor caballero, palmerín de Inglaterra o Amadís de Gaula. Mas Maese Nicolás, barbero del mismo pueblo, decía que ninguno llegaba al caballero del febo, y que si alguno se le podía comparar, era Don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo, que no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de valentía no le iba en zaga. En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio. Y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leían los libros, así de encantamientos como dependencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles. Asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo. Decía él que el Cidruidíaz había sido muy buen caballero, pero que no tenía que ver con el caballero de la ardiente espada, que de solo un revés había partido por medio dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Ronces Valles había muerto a Roldán el Encantado valiéndose de la industria de Hércules cuando ahogó a Anteo, el hijo de la tierra, entre los brazos. Decía mucho bien del gigante morgante, porque con ser de aquella generación gigantea, que todos son soberbios y descomedidos, él solo era afable y bien criado. Pero, sobre todos, estaba bien con Reinaldos de Montalván, y más cuando le veía salir de su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en Allende robó aquel ídolo de Mahoma, que era todo de oro, según dice su historia. Diera él por dar una mano de coces al traidor de Galalón, a lama que tenía y aun a su sobrina de añadidura. En efecto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante y irse por todo el mundo con sus armas y caballo, a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído, que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio y poniéndose en ocasiones y peligros, donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama. Imaginabase el pobre ya coronado por el valor de su brazo, por lo menos del imperio de Trapisonda. Y así, con estos tan agradables pensamientos, llevado del extraño gusto que en ellos sentía, se dio priesa a poner en efecto lo que deseaba.
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