La Madrina (Historias De Terror)
Relatos De Horror (Historias De Terror)
October 7, 2026
Como saben, hay personas que practican algunas religiones donde lo sobrenatural esta más cerca por lo delgado que se vuelve el velo en sus practicas, sin embargo, hay que tener buen ojo para encontrar el lugar indicado Hosted on Acast.
TopicsScience FictionFictionTrue Crime
SPEAKER_1 (0:10)
Tite, no, sacró el caso de la escoria, que tu tite, no, sacró el caso de la escoria, que tu tite, no, sacró el caso de la escoria, que tu Para entender como alguien como Yolanda funciona hay que entender como alguien como yo le dio el poder que tuvo. Y esa parte me corresponde a mí contarla sin excusas. Tengo 41 años. Soy de Veracruz. Trabajo en administración. Soy una persona práctica que resuelve lo que tiene enfrente. No era el tipo de persona que uno imagina siguiendo una madrina de religión durante 7 años. Con una devoción que ahora delta afuera. Reconozco como lo que era. Una forma de no tener que pensar por mí misma en los momentos en que pensar irá demasiado doloroso. Llegué a Yolanda cuando tenía 27 años. Mi madre había fallecido 6 años antes y mi matrimonio estaba terminando. Y yo no tenía esa sensación específica de quien siente que el suelo no está completamente sólido bajo sus pies. Una compañera del trabajo que llevó a su casa en el fraccionamiento floresta. Una casa grande con un cuarto destinado al altar que olía a flores y a tabaco. Así como algo mal dulce que no supe identificar entonces y que ahora reconozco como sangre de animal seca. Yolanda tenía entonces 52 años. Grande de presencia. Con el cabello recogido y una manera de moverse que era a la vez lenta y absolutamente deliberada. Como alguien que nunca hace nada sin saber exactamente por qué lo hace. Me miro cuando entré a la sala con una tensión que yo en ese momento de mi vida interpreté como reconocimiento, como si me hubiera estado esperando. Eso era lo primero que hacía. Mirar a cada persona nueva con esa tensión que hacía sentir que uno era especial. Que había algo que uno que Yolanda podía ver y que los demás no podían. Tardeaños en entender que esa mirada era la misma para todos. Y que el efecto era siempre el mismo porque la necesidad humana de ser visto no distingue entre quién realmente te ve y quién sabe mirar esa mirada con suficiente precisión. Me hizo una lectura esa tarde. De Locón con los caracoles. Que es una forma de adivinación del sistema Yoruba. Lo que me dijo en esa lectura era verdad en los puntos generales de la manera en que la astrología es verdad. Aunque únicamente en los puntos generales. Suficientemente específica para sentirse personal. Y suficientemente amplia para aplicarse a cualquier situación. Pero en ese momento ya no tenía esa perspectiva. En ese momento lo que Yolanda dijo sobre mi madre, sobre mi matrimonio. Sobre lo que me esperaba me pareció la prueba de que había algo real detrás de lo que hacía.
Empecé a ir regularmente una vez por semana, luego dos. Yolanda me fue integrando lo que yo llamaba su casa. Que era el círculo de personas que trabajaban con ella. Que aprendían de ella y que la apoyaban en los rituales. Y en la atención a los clientes nuevos. Había unas 15 personas en ese círculo. De distintas edades, de distintas situaciones. Lo que teníamos en común era que todos habíamos llegado a Yolanda en un momento de vulnerabilidad. Y que todos habíamos encontrado ahí algo que llenaba un espacio que en ese momento sentíamos vacío. Es el tema que Yolanda había construido en elegante y en su crueldad porque nunca era explícito. Nunca te decía directamente que dependiera de ella. Te enseñaba a consultar antes de tomar decisiones importantes. Te enseñaba que ciertas cosas en tu vida estaban siendo protegidas por trabajos que ella mantenía activos. Y que si los trabajos se interrumpían, la protección se interrumpía también. Te enseñaba que las personas fuera del círculo no podían entender lo que vivíamos adentro. Y que intentar explicar solo era desgastante y contraproducente.
En tres años había reducido mis conversaciones con personas fuera del círculo al mínimo necesario. No porque Yolanda me lo hubiera ordenado. Porque el círculo era más cómodo. Porque ahí todos hablaban el mismo lenguaje y nadie cuestionaba nada. El dinero era otro sistema igual de elegante.
Yolanda nunca cobraba tarifas fijas. Pedía lo que llamaban derechos que era la compensación por el trabajo espiritual. Y los montos dependían de la lectura que hacía de la situación de cada persona. A los que tenían más les pedían más. A los que tenían menos les pedían lo que podían dar. Y luego un poco más siempre.
Que es el detalle que marca la diferencia entre alguien que cobra lo que es justo y alguien que cobra lo que puede extraer. En siete años le de a Yolanda una cantidad que no voy a decir completa. Porque me avergüenza todavía. Aunque ella no debería avergonzarme porque la avergüencia en estas situaciones le pertenece en quien le merece y no soy yo. La primera señal de que algo estaba mal no fue solamente el dinero ni sobre el control. Fue sobre un trabajo.
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