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La Cabra que llamó mi Nombre y otras historias de terror

Relatos de la Noche

September 5, 2026

¿Han escuchado de animales que tienen comportamientos extraños? Como si entendieran más de lo que deberían… como si hubiera algo macabro en ellos.

Speakers Uriel Reyes

TopicsDramaFiction

Uriel Reyes (0:01)

Me despertó el sonido de la puerta de mi casa. Abrí los ojos. Fultece la cama de mi hermanita. Y estaba vacía. Salí para buscar y me encontré con la puerta abierta. Se había salido. Empecé a buscarla por todos lados. La encontré en el patio de atrás. Mirándose a los árboles, hacia la oscuridad. Parecía estar dormida, pero estaba de pie. Y contestaba con la cabeza a alguien que hablaba desde lo más profundo de la noche.

Buenas historias hoy comunidad. Quédense todo el episodio porque les va a gustar. Han escuchado de animales que tienen comportamientos extraños. Como si entendieran más de lo que deberían. Como si hubiera algo macabro en ellos. La primera historia nos va a llevar a un lugar oscuro. Nos hará pensar en si conocemos realmente a nuestros vecinos. O puede haber algo malvado muy cerca de nosotros. La segunda parece ir dedicada a todos los que escuchan relatos de la noche con intención de ser protagonistas. Créanme, si aún no lo son, está mejor así. No perdemos más el tiempo porque ya es hora de adentrarnos en los siguientes relatos de la noche.

Hola, querida comunidad, querido Uriel. Gracias por escuchar. Mi nombre es Federico Castro, aunque desde niño todo el mundo me dice Fede, y quiero contarles algo que pasó cuando yo tenía 15 años. Es una historia que de vez en cuando vuelve a salir cuando estoy con mi familia, pero la verdad es que no nos gusta mucho hablar de ella, sobre todo a mi hermana.

Yo he vivido prácticamente toda mi vida en la misma casa, y digo prácticamente porque hubo un año en que tuvimos que salirnos por un problema que ni siquiera era nuestro. La casa donde vivíamos quedó intestada, murió la dueña y sus hijos empezaron a pelearse la propiedad, y sus papás llevaban muchos años rentando ahí, desde antes de que yo naciera, y conocían a la familia Perú. En medio de todo ese pleito, uno de los hijos decidió que quería ocupar la casa, y nos pidió que nos fuéramos.

Fue todo bastante rápido. Mis papás buscaron dónde rentar y encontraron una casa, unas calles. Era más pequeña, pero estaba cerca de nuestras escuelas, del trabajo de mi papá, y pues tampoco había mucho de dónde escoger con tan poco tiempo. Así que nos fuimos para allá pensando que sería temporal. Mientras veíamos qué pasaba con la otra casa. La casita nueva estaba bien. Nunca sentimos nada raro adentro. Lo que nos daba cosa, lo que nos hacía sentir algo raro, era la casa de al lado. Bueno, ni siquiera sé si la llamaría casa. Era un cuartito de madera muy pequeño, construido casi en medio de un terreno bastante grande. Tenía muchos árboles, demasiados para ese tamaño, demasiados para esa zona. Y desde la calle, prácticamente no se veía nada porque todo el terreno estaba rodeado por un cerco de madera cubierto de enredaderas. Parecía que estas llevaban años creciendo ahí. Estaban tan cerradas que no podías ver hacia adentro. Solamente había una parte donde sí. Atrás. Nuestro patio trasero colindaba con ese terreno. Y justo en la esquina, las plantas no habían cubierto completamente el cerco. Había un espacio entre las ramas y desde ahí se alcanzaban a ver los árboles. Y más atrás, la casita. También se veía desde la habitación de mis papás.

Al principio nos daba curiosidad porque nunca veíamos entrar o salir a nadie. Yo pregunté alguna vez quién vivía ahí y mis papás tampoco sabían bien. Alguna persona debía vivir porque de vez en cuando se veía una luz adentro de la casa. Una luz amarilla. Muy muy bajita. Después supimos que la casa no tenía electricidad, ni agua. No tenía servicios. Nunca entendí entonces que utilizaban para alumbrarse. Supuse que velas o lámparas de petróleo. O algo así. No sé. La cosa es que rara vez escuchábamos algo durante el día. Pero en la noche era diferente. Mi hermana menor se llama América. En ese tiempo ella tenía ocho años. Y como la casa era más pequeña, ahí nos tocaba a ella y a mí compartir una habitación.

Me empezó a despertar todas las noches hablándome. Fede, Fede. Yo abría los ojos y la veía en su cama. Fede, se escuchó una señora.

Las primeras veces ni siquiera le hice caso. Le decía que estaba bien que se durmiera. Yo tenía quince años y ella ocho. Así que para mí lo más fácil era pensar que había tenido una pesadilla. O que había escuchado a un gato en el techo o cualquier cosa. Pero siguió pasando. Varias noches. Fede, otra vez se escucha. Me dijo esa noche en que me despertó. Esa noche en que por fin sí le puse atención. Y es que sí. Se escuchaba una mujer. O bueno, parecía una mujer. Era algo como un chanto, pero tampoco era exactamente alguien llorando. Era un sonido largo, muy raro. Y luego se callaba. Pasaban unos segundos y otra vez. América me preguntó si ahora sí lo había escuchado.

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