Skip to content
Jeffrey Dahmer | Especial de halloween 2026 8/31 artwork

Jeffrey Dahmer | Especial de halloween 2026 8/31

Relatos por Santiago Segovia

October 8, 2026

Episodio 7 de nuestro especial de HalloweenLa historias de hoy: Jeffrey Dahmer

Speakers Santiago Segovia

TopicsScience FictionFiction

Santiago Segovia (0:20)

Existe un consuelo falso en la mente humana, que nos hace creer que el monstruo siempre avisa antes de atacar. Nos gusta pensar que la maldad absoluta lleva la cara desencajada, que grita en las esquinas o que vive recluida en callejones oscuros, donde nadie camina a medianoche. Nos calma la noción de que seríamos capaces de oler el peligro a metros de distancia. Pero la historia del crimen nos demuestra una y otra vez.

Que esa es una ilusión infantil. La monstruosidad más pura, la más metódica y devastadora, suele hablar en la puerta de al lado. Comparte contigo el ascensor por las mañanas. Te sostiene la puerta del edificio con una cortesía torpe. Se disculpa por el ruido si le llamas la atención. Y te sonríe con una mirada transparente que no se refleja absolutamente nada detrás.

Jeffrey Dahmer no necesitaba capas ni garras ni máscaras. Su camuflaje era la mediocridad de un hombre gris, un joven alto rubio de voz baja y tímida, que vestía camisas sencillas y anteojos de marco metálico. Un trabajador nocturno de una fábrica de chocolates que no levantaba la voz a nadie, y sin embargo, detrás de la puerta del apartamento 213 de los departamentos Oxford, en la ciudad de Milwaukee, este hombre construyó una cámara de tormentos, un laboratorio de anatomía macabra y un mausoleo congelado, donde el horror sobrepasó todo lo que la criminología moderna creía conocer.

Bienvenidos al octavo expediente de este especial de octubre. Prende la luz si así lo necesitas, pero escucha con atención. Hoy abrimos las puertas del apartamento 213

Milwaukee, Wisconsin, verano de 1991 El edificio ubicado en el número 924 de la calle 25 Norte no era un lugar lujoso, era una construcción modesta de tres pisos, del ladrillo envejecido, donde se hospedaban obreros, estudiantes y personas de escasos recursos. Un lugar donde la gente intentaba sobrevivir y no meterse en la vida de los demás. Durante meses, los habitantes de los pisos superiores e inferiores comenzaron a notar algo anómalo, un olor que no pertenecía al catálogo de las molestias urbanas comunes. No era la basura acumulada del fin de semana, no era la humedad de una fuga de agua, ni el humo de la cocina. Era una densidad tibia, agra y una mezcla de formaldehido, químicos industriales y el tufo inconfundible de materia biológica en descomposición que se colaba por las rendijas del aire acondicionado y el espacio debajo de las puertas. Cuando los vecinos encriptaban a Dahmer, él no se alteraba, no gritaba, abría la puerta a solo un par de centímetros, dejando ver una mirada pálida y cansada. Pedía disculpas con una voz suave, casi infantil, explicaba que la nevera de su apartamento se había averiado durante su turno de noche en la fábrica de chocolates.

Echando a perder varios kilos de carne o que alguno de sus peces tropicales había muerto en el acuario, la gente le creía. Le creían porque su tono era educado, porque su imagen proyectaba la vulnerabilidad de un joven solo y torpe. Nadie insistió. Nadie cruzó el umbral. Nadie vio las alfombras manchadas con químicos, los recipientes de plástico de 200 litros alineados en la recámara, ni las sierras de mano guardadas en el closet.

Para entender cómo la mente de un ser humano se descompone hasta ese punto, no podemos mirar únicamente la escena del crimen, debemos rastrear la raíz en la tierra seca de su infancia.

Nacido en Bid, Ohio, 1960, Dahmer creció en un entorno marcado por la inestabilidad emocional de sus padres. Su aislamiento progresivo desde muy pequeño mostró una fijación que desconcertaba a su propio padre. Mientras otros niños jugaban al fútbol o coleccionaban cromos, Jeffrey caminaba por las orillas de las carreteras buscando animales atropellados. Llevaba los cadáveres de mapaches, ardillas y perros a un pequeño cobertizo de madera detrás de su casa. Ahí no los enterraba. Armado con cuchillos de cocina y frascos de ácido, que su padre, un químico de profesión, guardaba en el garage. El joven Dahmer desecaba los cuerpos, separaba la carne de los huesos y derretía los tejidos orgánicos para conservar únicamente los esqueletos limpios y blancos. Pero no era el sadismo tradicional lo que movía sus manos. Dahmer no te disfrutaba con el sufrimiento de los animales en vivo. Lo que le fascinaba era la estructura interna, la inmovilidad absoluta y el control total sobre la materia. Padecía un pánico patológico al rechazo y al abandono. Un vacío emocional tan destructivo que la única forma en que concebía relacionarse con otro ser vivo era despojándolo de su voluntad.

A medida que llegó a la adolescencia, las fantasías con animales mutaron hasta los seres humanos. Dahmer deseaba desesperadamente una compañía que jamás pudiera levantarse, que jamás lo criticara y que no pudiera marcharse nunca.

7 more minutes of transcript below

Thousands of transcripts fetched by people building searchable podcast archives

Fetch the whole transcript

The demo key returns a sample episode in full, no card needed:

request
curl -H "x-api-key: pt_demo" \
  https://spoken.md/transcripts/1000651996090

Markdown with the speakers named, for your notes, your knowledge base, or anything that makes HTTP calls.

From $0.10 per transcript. No subscription. Credits never expire. Prices exclude VAT, added at checkout for EU customers. Not what you expected? Email us within 14 days with 20 or fewer credits used and we refund the pack in full.

Using your own key:

request
curl -H "x-api-key: YOUR_KEY" \
  https://spoken.md/transcripts/1000793917992