Don Quijote de la Mancha - Audiolibro completo (Miguel de Cervantes) | Parte 2 de 5
Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes)
January 12, 2026
Un clásico atemporal de Don Quijote de la Mancha—traído a la vida en un audio inmersivo. Esto es Don Quijote de la Mancha by Miguel de Cervantes—uno de los 100 libros más vendidos de todos los tiempos. Audio íntegro, sin abreviar, limpio y optimizado para una experiencia de escucha fluida.
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Miguel de Cervantes (0:00)
Podría dejársele de otorgar, como valeroso caballero andante. Y que el don que le pensaba pedir era que se viniese con ella donde ella le llevase, a desfaselle un agravio que un mal caballero le tenía fecho, y que le suplicaba a sí mismo que no la mandase quitar su antifaz, ni la demandase cosa de su facienda, fasta que la hubiese fecho derecho de aquel mal caballero, y que creyese sin duda que Don Quijote vendría en todo cuanto le pidiese por este término, y que de esta manera le sacarían de allí y le llevarían a su lugar, donde procurarían ver si tenía algún remedio su extraña locura. Capítulo 27 De cómo salieron con su intención el cura y el barbero, con otras cosas dignas de que se cuenten en esta grande historia. No le pareció mal al barbero la invención del cura, sino también, que luego la pusieron por obra. Pidieronle a la ventera una salla y unas tocas, dejándole en prendas una sotana nueva del cura. El barbero hizo una gran barba de una cola rusia o roja de buey donde el ventero tenía colgado el peine. Preguntóles la ventera que para que le pedían aquellas cosas. El cura le contó en breves razones la locura de don Quijote y cómo convenía aquel disfraz para sacarle de la montaña donde a la sazón estaba. Cayeron luego el ventero y la ventera en que el loco era su huésped, el del bálsamo y el amo del manteado escudero, y contaron al cura todo lo que con él les había pasado, sin callar lo que tanto callaba Sancho. En resolución, la ventera vistió al cura de modo que no había más que ver. Pusole una salya de paño, llena de fajas de terciopelo negro de un palmo en ancho, todas acuchilladas, y unos corpiños de terciopelo verde guarnecidos con unos ribetes de raso blanco, que se debieron de hacer, ellos y la salya, en tiempo del rey Bamba. No consintió el cura que le tocasen, sino pusose en la cabeza un birretillo de lienzo colchado que llevaba para dormir de noche, y ciñose por la frente una liga de tafetán negro, y con otra liga hizo un antifaz con que se cubrió muy bien las barbas y el rostro, encasquetose su sombrero, que era tan grande, que le podía servir de quitasol, y, cubriéndose su herreruelo, subió en su mula a mujeriegas, y el barbero en la suya, con su barba que le llegaba a la cintura, entre roja y blanca, como aquella que, como se ha dicho, era hecha de la cola de un buey barroso. Despidieronse de todos, y de la buena de Maritornes, que prometió de rezar un rosario, aunque pecadora, por qué Dios les diese buen suceso en tan ardo y tan cristiano negocio, ¿como era el que habían emprendido? Más apenas hubo salido de la venta, cuando le vino al cura un pensamiento, que hacía mal en haberse puesto de aquella manera, por ser cosa indecente que un sacerdote se pusiese así, aunque le fuese mucho en ello, y diciéndoselo al barbero, le rogó que trocasen trajes, pues era más justo que él fuese la doncella menesterosa, y que él haría el escudero, y que así se profanaba menos su dignidad, y que si no lo quería hacer, determinaba de no pasar adelante, aunque a don Quijote se le llevase él. Diablo. En esto llegó Sancho, y de ver a los dos en aquel traje no pudo tener la risa. En efecto, el barbero vino en todo aquello que el cura quiso, y, trocando la invención, el cura le fue informando el modo que había de tener y las palabras que había de decir a Don Quijote para moverle y forzarle a que con él se viniese y dejase la querencia del lugar que había escogido para su vana penitencia. El barbero respondió que sin que se le diese lección él lo pondría bien en su punto. No quiso vestirse por entonces, hasta que estuviesen junto de donde Don Quijote estaba, y, así, dobló sus vestidos, y el cura acomodó su barba, y siguieron su camino, guiándolo Sancho Panza, el cual les fue contando lo que les aconteceu con el loco que hallaron en la sierra, encubriendo, empero, el hallazgo de la maleta y de cuanto en ella venía, que, mager que tonto, era un poco codicioso el mancebo. Otro día llegaron al lugar donde Sancho había dejado puestas las señales de las ramas para acertar el lugar donde había dejado a su señor, y, en reconociéndole, les dijo como aquella era la entrada y que bien se podían vestir, si era que aquello hacía al caso para la libertad de su señor, porque ellos le habían dicho antes que el ir de aquella suerte y vestirse de aquel modo era toda la importancia para sacar a su amo de aquella mala vida que había escogido, y que le encargaban mucho que no. Dijese a su amo quién ellos eran, ni que los conocía, y que si le preguntase, como se lo había de preguntar, si dio la carta a Dulcinea, dijese que sí, y que, por no saber leer, le había respondido de palabra. Diciéndole que le mandaba, so pena de la su desgracia, que luego al momento se viniese a ver con ella, que era cosa que le importaba mucho, porque con esto y con lo que ellos pensaban decirle, tenían por cosa cierta reducir la mejor vida, y hacer con el que luego se pusiese en camino para ir a ser emperador o monarca, que en lo de ser arzobispo no había de qué temer. Todo lo escuchó Sancho, y lo tomó muy bien en la memoria, y les agradeció mucho la intención que tenían de aconsejar a su señor fuese emperador, y no arzobispo, porque él tenía para sí que para hacer mercedes a sus escuderos más podían los emperadores que los arzobispo andantes. También les dijo que sería bien que él fuese delante a buscarle y darle la respuesta de su señora, quizá sería ella bastante a sacarle de aquel lugar, sin que ellos se pusiesen en tanto trabajo. Parecióles bien lo que Sancho Panza decía, y, así, determinaron de aguardarle hasta que volviese con las nuevas del hallazgo de su amo. Entró Sancho por aquellas quebradas de la sierra, dejando a los dos en una por donde corría un pequeño y manso arroyo, a quien hacían sombra agradable y fresca a otras peñas y algunos árboles que por allí estaban. El calor, y el día que allí llegaron, era de los del mes de agosto, que por aquellas partes suele ser el ardor muy grande, la hora, las tres de la tarde, todo lo cual hacía al sitio más agradable, y que convidase a que en él esperasen la Vuelta de Sancho, como lo hicieron. Estando, pues, los dos allí sosegados y a la sombra, llegó a sus oídos una voz, que, sin acompañarla son de algún otro instrumento, dulce y regaladamente sonaba, de que no poco se admiraron, por parecerles que aquel no era lugar donde pudiese haber quien también cantase. Porque aunque suele decirse que por las selvas y campos se hallan pastores de voces extremadas, más son encarecimientos de poetas que verdades, y más cuando advirtieron que lo que oían cantar eran versos, no de rústicos ganaderos, sino de discretos cortesanos. Y confirmó esta verdad haber sido los versos que oyeron estos. ¿Quién menoscaba mis bienes? Desdenes. ¿Y quién aumenta mis duelos? Los celos. ¿Y quién prueba mi paciencia? Ausencia. De ese modo, en mi dolencia ningún remedio se alcanza, pues me matan la esperanza desdenes, celos y ausencia. ¿Quién me causa este dolor? Amor. ¿Y quién mi gloria repugna? Fortuna. ¿Y quién consiente mi duelo? El cielo. De ese modo, yo recelo morir de este mal extraño, pues se aumentan en mi daño amor, fortuna y el cielo. ¿Quién mejorará mi suerte? La muerte. Y el bien de amor, ¿quién le alcanza? Mudanza. Y sus males, ¿quién los cura? Lo cura. De ese modo, no es cordura querer curar la pasión, cuando los remedios son muerte, mudanza y locura. La hora, el tiempo, la soledad, la voz y la destreza del que cantaba causó admiración y contento en los dos oyentes, los cuales se estuvieron quedos, esperando si otra alguna cosa oían, pero viendo que duraba algún tanto el silencio, determinaron de salir a buscar el músico que con tan buena voz cantaba. Y queriéndolo poner en efecto, hizo la misma voz que no se moviesen, la cual llegó de nuevo a sus oídos, cantando este soneto.
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