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Don Quijote de la Mancha - Audiolibro completo (Miguel de Cervantes) | Parte 1 de 5

Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes)

January 12, 2026

Un clásico atemporal de Don Quijote de la Mancha—traído a la vida en un audio inmersivo. Esto es Don Quijote de la Mancha by Miguel de Cervantes—uno de los 100 libros más vendidos de todos los tiempos. Audio íntegro, sin abreviar, limpio y optimizado para una experiencia de escucha fluida.

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Audiolibros Pigeon, Casa Editorial, Presenta. Don Quijote de la Mancha Autor, Miguel de Cervantes Narrado por Marcelo Lucent Prefacio Publicada a comienzos del siglo XVII, Don Quijote de la Mancha irrumpen la historia de la literatura como una obra inclasificable. A primera vista, se presenta como una sátira de los libros de caballerías, sin embargo, conforme avanza la narración, el lector descubre que esa burla inicial es solo la puerta de entrada a un universo mucho más complejo, profundo y humano. Cervantes no se limita a ridiculizar un género literario agotado, lo utiliza como vehículo para explorar la mente, los ideales y las contradicciones del ser humano. Don Quijote es un personaje que vive en permanente tensión entre lo que el mundo es y lo que, según él, debería ser. Su locura no nace del caos, sino de un exceso de coherencia, decide tomarse en serio valores que la sociedad ha abandonado, el honor, la justicia, la defensa del débil, la fidelidad a la palabra dada, y llevarlos hasta sus últimas consecuencias. En contraste, el mundo que lo rodea funciona bajo la lógica del interés, la burla y la conveniencia. De ese choque surge tanto la comedia como la tragedia que atraviesan la obra. Sancho Panza, lejos de ser un simple contrapunto cómico, encarna el sentido práctico, la sabiduría popular y la adaptación a la realidad. Su relación con Don Quijote evoluciona de manera sutil, al inicio, parece seguirlo solo por ambición, con el tiempo, comienza a comprender, y en ocasiones compartir, la lógica moral de su amo. Juntos representan dos formas de estar en el mundo, el idealismo absoluto y el realismo pragmático, ninguno completo sin el otro. A lo largo de sus episodios, la novela reflexiona sobre temas universales, la identidad, la libertad, el poder de la ficción, la verdad narrativa y la dignidad humana. Cervantes juega constantemente con la idea de autor, narrador y lector, anticipándose a técnicas literarias que solo siglos después serían plenamente desarrolladas. La obra se vuelve consciente de sí misma, cuestiona su propia veracidad y obliga al lector a participar activamente en la interpretación de los hechos. Don Quijote de la Mancha sigue siendo actual porque no ofrece una moraleja cerrada. Nos confronta con una pregunta incómoda, ¿es preferible adaptarse a un mundo injusto o sostener ideales aunque parezcan anacrónicos? En esa ambigüedad reside su grandeza. Leer o escuchar esta obra no es un acto pasivo, es una invitación a reflexionar sobre que tanto de Don Quijote habita todavía en nosotros. Don Quijote de la Mancha Primera parte del ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha Capítulo 1 Que trata de la condición y ejercicio del famoso Hidalgo Don Quijote de la Mancha En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no a mucho tiempo que vivía un Hidalgo de los de Lanza en astillero, Adarga Antigua, Rosín Flaco y Galgo Corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto de ella concluía ensayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mismo, y los días de entresemanas se honraba con su velloví de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza que así ensillaba el rosín como tomaba la podadera. Frizaba la edad de nuestro Hidalgo con los cincuenta años. Era de complexión resia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la casa. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada o Quezada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que de este caso escriben, aunque por conjeturas verisímiles se deja entender que se llamaba Quijana. Pero esto importa poco a nuestro cuento, basta que en la narración de él no se salga un punto de la verdad. Es, pues, de saber que este sobredicho Hidalgo, los ratos que estaba ocioso, que eran los más del año, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la casa y aún la administración de su hacienda, y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas fanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y, así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber de ellos, y, de todos, ninguno os lee. Parecían también como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas intricadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito, la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura. Y también cuando leía, los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza. Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacaran y las entendiera el mismo Aristóteles, si resucitara para solo ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belianís daba y recibía, porque se imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales. Pero, con todo, alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y daje fin al pie de la letra como allí se promete, y sin duda alguna lo hiciera, y aún saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran. Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar, que era hombre doctor, graduado en Sigüenza, sobre cual había sido mejor caballero, palmerín de Ingalaterra o amadís de Gaula, más maese Nicolás, barbero del mismo pueblo, decía que ninguno llegaba al caballero del febo, y que si alguno se le podía comparar era Don Galeé, hermano de amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo, que no era caballero melindroso ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en saga. En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio, y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamentos como dependencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles, y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquella soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo. Decía el que el Sidruidías había sido muy buen caballero, pero que no tenía que ver con el caballero de la ardiente espada, que de solo un revés había partido por medio dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Ronces Valles había muerto a Roldán, el encantado, valiéndose de la industria de Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de la tierra, entre los brazos. Decía mucho bien del gigante morgante, porque, con ser de aquella generación gigantea, que todos son soberbios y descomedidos, él solo era afable y bien criado. Pero, sobre todos, estaba bien con Reinaldos de Montalván, y más cuando le veía salir de su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en Allende robó aquel ídolo de Mahoma que era todo de oro, según dice su historia. Diera él, por dar una mano de coces al traidor de Galalón, a Lama que tenía, y aun a su sobrina de añadidura. En efecto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante y irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama. Imaginabas el pobre ya coronado por el valor de su brazo, por lo menos del imperio de Trapisonda, y así, con estos tan agradables pensamientos, llevado del extraño gusto que en ellos sentía, se dio priesa a poner en efecto lo que deseaba. Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luego siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón. Limpiolas y aderezolas lo mejor que pudo, pero vio que tenían una gran falta, y era que no tenían celada de encaje, sino morrión simple, más a esto suplió su industria, porque de cartones hizo un modo de media celada que, encajada con el morrión, hacían una apariencia de celada entera. Es verdad que, para probar si era fuerte y podía estar al riesgo de una cuchillada, sacó su espada y le dio dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que había hecho en una semana, y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho pedazos, y, por asegurarse de este peligro, la tornó a hacer de nuevo, poniéndole unas barras de hierro por de dentro, de tal manera, que él quedó satisfecho de su fortaleza y, sin querer hacer nueva experiencia de ella, la diputó y tuvo por celada finísima de encaje. Fue luego a ver su Rosín, y aunque tenía más cuartos que un real y más tachas que el caballo de gonela, que, tanto un Pelliceto Safuit, le pareció que ni el bucéfalo de Alejandro ni Babieca el del Cid con él se igualaban. Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le pondría, porque, según se decía él a sí mismo, no era razón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno el por sí, estuviese sin nombre conocido, y así procuraba acomodársele de manera que declarase quién había sido antes que fuese de caballero andante y lo que era entonces, pues estaba muy puesto en razón que, mudando su señor estado, mudase él también el nombre, y le cobrase famoso y destruendo, como convenía a la nueva orden IAL. Nuevo ejercicio que ya profesaba, y así, después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a ser en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar, rossinante, nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rossin, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rossines del mundo. Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar, don Quijote, de donde, como queda dicho, tomaron ocasión los autores de esta tan verdadera historia que sin duda se debía de llamar. Quijada, y no, quezada, como otros quisieron decir. Pero acordándose que el valeroso Amadis no sólo se había contentado con llamarse, Amadis, a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patría, por hacerla famosa, y se llamó, Amadis de Gaula, así quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya y llamarse, Don Quijote de la Mancha, con que a su parecer declaraba muy al vivo su linaje y patría, y la honraba con tomar el sobrenombre de ella. Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rosín y confirmado se asimismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma. Decíase él, Si yo, por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes, y le derribo de un encuentro, o le parto por mitad del cuerpo, o, finalmente, le venzo y le rindo, no será bien tener a quien enviarle presentado, y que entre hice inque de rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendida, Yo, señora, soy el gigante caraculiambro, señor de la Ínsula Malindrania, a quien venció en singular. Batalla el jamás como se debe alabado caballero don Quijote de la Mancha, el cual me mandó que me presentase ante la vuestra merced, para que la vuestra grandeza disponga de mí a su talante. Oh, cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama. Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien el un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni le dio catá de ello. Llamábase al don Salorenzo, y a esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos, y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla. Dulcinea del Toboso, porque era natural del Toboso, nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto. Capitulo 2 Que trata de la primera salida que de su tierra hizo el ingenioso don Quijote. Hechas, pues, estas prevenciones, no quiso guardar más tiempo a poner en efecto su pensamiento, apretándole a ello la falta que él pensaba que hacía en el mundo su tardanza, según eran los agravios que pensaba deshacer, tuertos que enderezar, sin razones que enmendar y abusos que mejorar y deudas que satisfacer. Y así, sin dar parte a persona alguna de su intención y sin que nadie le viese, una mañana, antes del día, que era uno de los calurosos del mes de julio, se armó de todas sus armas, subió sobre Rocinante, puesta su mal compuesta celada, embrasó su adarga, tomó su lanza y por la puerta falsa de un corral salió al campo, con grandísimo contento y alboroso de ver con cuanta facilidad había dado principio a su buen deseo. Más apenas se vio en el campo, cuando le asaltó un pensamiento terrible, y tal, que por poco le hiciera dejar la comenzada empresa, y fue que le vino a la memoria que no era armado caballero y que, conforme a ley de caballería, ni podía ni debía tomar armas con ningún caballero, y puesto que lo fuera, había de llevar armas blancas, como Nobel caballero, sin empresa en el escudo, hasta que por su esfuerzo la ganase. Estos pensamientos le hicieron titubear en su propósito, más, pudiendo más su locura que otra razón alguna, propuso de hacerse armar caballero del primero que topase, a imitación de otros muchos que así lo hicieron, según él había leído en los libros que tal le tenían. En lo de las armas blancas, pensaba limpiarlas de manera, en teniendo lugar, que lo fuesen más que un armiño, y con esto se quietó y prosiguió su camino, sin llevar otro que aquel que su caballo quería, creyendo que en aquello consistía la fuerza de las aventuras. Yendo, pues, caminando nuestro flamante aventurero, iba hablando consigo mismo y diciendo, quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, ¿de esta manera? Apenas había el rubicundo apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra a las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus zarpadas lenguas habían saludado con dulce y melifloa armonía la venida de la rosada. Aurora, que, dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero Don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo rossinante y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel. Y era la verdad que por él caminaba. Y añadió diciendo. Dichosa edad y siglo dichoso aquel adonde saldrán a luz las famosas hazañas mías, dignas de entallarse en bronces, esculpirse en mármoles y pintarse en tablas, para memoria en lo futuro. O tú, sabio encantador, quienquiera que seas, a quien ha de tocar el ser coronista de esta peregrina historia. Ruégote que no te olvides de mi buen Rocinante, compañero eterno mío en todos mis caminos y carreras. Luego volvía diciendo, como si verdaderamente fuera enamorado. O princesa Dulcinea, señora de este cautivo corazón. Mucho agravio me había desfecho en despedirme y reprocharme con el riguroso afincamiento de mandarme no parecer ante la vuestra fermosura. Plégaos, señora, demembraros de este vuestro sujeto corazón, que tantas cuitas por vuestro amor padece. Con esto se iba ensartando otros disparates, todos al modo de los que sus libros le habían enseñado, imitando en cuanto podía su lenguaje. Con esto, caminaba tan despacio, y el sol entraba tan apriesa y con tanto ardor, que fuera bastante a derretirle los sesos, si alguno estuviera. Casi todo aquel día caminó sin acontecerle cosa que de contar fuese, de lo cual se desesperaba, porque quisiera topar luego luego con quien hacer experiencia del valor de su fuerte brazo. Autores hay que dicen que la primera aventura que le vino fue la del puerto Lapice, otros dicen que la de los molinos de viento, pero lo que yo he podido averiguar en este caso, y lo que he hallado escrito en los anales de la mancha es que el anduvo todo aquel día, y, al anochecer, su rosín y él se hallaron cansados y muertos de hambre, y que, mirando a todas partes por ver si descubriría algún castillo o alguna majada de pastores donde recogerse y a donde pudiese remediar su mucha hambre y necesidad, vio, no lejos del camino por donde iba, una venta, que fue como si viera una estrella que, no a los portales, sino a los alcázares de su redención le encaminaba. Dios se pieza a caminar y llegó a ella a tiempo que anochecía. Estaban a caso a la puerta dos mujeres mozas, de estas que llaman del partido, las cuales iban a Sevilla con unos arrieros que en la venta aquella noche acertaron a hacer jornada, y como a nuestro aventurero todo cuanto pensaba, veía o imaginaba le parecía ser hecho y pasar al modo de lo que había leído, luego que vio la venta se le representó que era un castillo con sus cuatro torres y chapiteles de luciente plata, sin faltarle su puente levadiza y honda cava, con todos aquellos adherentes que semejantes castillos se pintan. Fuese llegando a la venta que a él le parecía castillo, y a poco trecho de ella detuvo las riendas arrocinante, esperando que algún enano se pusiese entre las almenas a dar señal con alguna trompeta de que llegaba caballero al castillo. Pero como vio que se tardaban y que Rocinante se daba pliesa por llegar a la caballeriza, se llegó a la puerta de la venta y vio a las dos destraídas mozas que allí estaban, que a él le parecieron dos hermosas doncellas o dos graciosas damas que delante de la puerta del castillo se estaban solazando. En esto sucedió acaso que un porquero que andaba recogiendo de unos rastrojos una manada de puercos, que sin perdón así se llaman, tocó un cuerno, a cuya señal ellos se recogen, y al instante se le representó a don Quijote lo que deseaba, que era que algún enano hacía señal de su venida, y, así, con extraño contento llegó a la venta y a las damas, las cuales, como vieron venir un hombre de aquella suerte armado, y con lanza y adarga, llenas de miedo se iban a entrar en la venta, pero don Quijote, coligiendo por su huida su miedo, alzándose la visera de papelón y descubriendo su seco y polvoroso rostro, con gentil talante y voz reposada les dijo. No enfullan las vuestras Mercedes, ni teman desaguisado alguno, ca a la orden de caballería que profeso non toca ni atañe facerle a ninguno, cuanto más a tan altas doncellas como vuestras presencias demuestran. Mirabanle las mozas y andaban con los ojos buscándole el rostro, que la mala visera le encubría, más como se oyeron llamar doncellas, cosa tan fuera de su profesión, no pudieron tener la risa y fue de manera que don Quijote vino a correrse y a decirles. Bien parece la mesura en las Fermosas, y es mucha sandesa de más la risa que de leve causa procede, pero no un voz lo digo porque os acuitédes ni mostrédes mal talante, que el mío non es de al que de serviros. El lenguaje, no entendido de las señoras, y el mal talle de nuestro caballero acresentaba en ellas la risa y en el el enojo, y pasara muy adelante si a aquel punto no saliera el ventero, hombre que, por ser muy gordo, era muy pacífico, el cual, viendo aquella figura contrahecha, armada de armas tan desiguales como eran la brida, lanza, adargue y coselete, no estuvo en nada en acompañar a las doncellas en las muestras de su contento. Mas, en efecto, temiendo la máquina de tantos pertrechos, determinó de hablarle comedidamente y, así, le dijo. Si vuestra merced, señor caballero, busca posada, amén del hecho, porque en esta venta no hay ninguno, todo lo demás se hallará en ella en mucha abundancia. Viendo don Quijote la humildad del alcaide de la fortaleza, qué tal le pareció a él el ventero y la venta?, respondió. Para mí, señor castellano, cualquiera cosa basta, porque mis arreos son las armas, mi descanso el pelear, etc. Pensó el huésped que el haberle llamado castellano había sido por haberle parecido de losanos de Castilla, aunque él era andaluz, y de los de la playa de Sanlúcar, no menos ladrón que caco, ni menos maleante que estudiantado paje y, así, le respondió. Según eso, las camas de vuestra merced serán duras peñas, y su dormir, siempre velar, y siendo así bien se puede apear, con seguridad de hallar en esta choza ocasión y ocasiones para no dormir en todo un año, cuanto más en una noche. Y diciendo esto fue a tener el estribo a Don Quijote, el cual se apeó con mucha dificultad y trabajo, como aquel que en todo aquel día no se había desayunado. Dijo luego al huésped que le tuviese mucho cuidado de su caballo, porque era la mejor pieza que comía pan en el mundo. Miróle el ventero, y no le pareció tan bueno como Don Quijote decía, ni a una mitad, y, acomodándole en la caballeriza, volvió a ver lo que su huésped mandaba, al cual estaban desarmando las doncellas, que ya se habían reconciliado con él, las cuales, aunque le habían quitado el peto y el espaldar, jamás supieron ni pudieron desencajarle la gola, ni quitarle la contrahecha celada, que traía atada con unas cintas verdes, y era menester cortarlas, por no poderse quitar los nudos, más el no lo quiso consentir en ninguna manera y, así, se quedó toda aquella noche con la celada puesta, que era la más graciosa y extraña figura que se pudiera pensar, y al desarmarle, como él se imaginaba que aquellas traídas y llevadas que le desarmaban eran algunas principales señoras y damas de aquel castillo, les dijo con mucho don aire. Nunca fuera caballero de damas tan bien servido como fuera don Quijote cuando de su aldea vino, don cellas curaban de él, princesas, del surocino o rocinante, que este es el nombre, señoras mías, de mi caballo, y don Quijote de la mancha el mío, que, puesto que no quisiera descubrirme fasta que las fasañas fechas en vuestro servicio y pro me descubrieran, la fuerza de acomodar al propósito presente este romance viejo de Lanzarote ha sido causa que sepáis mi nombre antes de todas asón, pero tiempo vendrá en que las vuestras señorías me manden y yo obedezca, y el valor de mi brazo descubre el deseo que tengo de servidos. Las mozas, que no estaban hechas a oír semejantes retóricas, no respondían palabra, solo le preguntaron si quería comer alguna cosa. Cualquiera llantaría yo, respondió Don Quijote, porque, a lo que entiendo, me haría mucho al caso. Adicha, acertó hacer viernes aquel día, y no había en toda la venta sino unas raciones de un pescado que en Castilla llaman abadejo, y en Andalucía bacallao, y en otras partes curadillo, y en otras truchuela. Preguntaronle si por ventura comería su merced truchuela, que no había otro pescado que dalle a comer. Como haya muchas truchuelas, respondió Don Quijote, podrán servir de una trucha, porque eso se me da que me den ocho reales en sencillos que en una pieza de A8. Cuanto más, que podría ser que fuesen estas truchuelas como la ternera, que es mejor que la vaca, y el cabrito que el cabrón. Pero, sea lo que fuere, venga luego, que el trabajo y peso de las armas no se puede llevar sin el gobierno de las tripas.

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