Algo esconden los Abuelos en el Sótano (historias de horror)
Relatos de la Noche
September 8, 2026
Hay lugares que parecen guardar secretos durante años. Casas familiares, caminos recorridos cientos de veces, cerros que creemos conocer perfectamente… hasta que algo sucede y nos obliga a preguntarnos qué ha estado ahí todo este tiempo.
Speakers Uriel Reyes
Uriel Reyes (0:03)
Nunca, nunca salíamos de nuestros cuartos en la noche cuando nos quedábamos en la casa de mis abuelos. Se escuchaban cosas. Sabíamos que alguien recorría esa cazona. O algo. No podíamos verlo porque no teníamos el valor de asomarnos. Pero sí podíamos sentirlo. Todos lo sentíamos. Algo lo habitaba por las noches.
Bienvenidos a una nueva edición de Relatos de la Noche. A otra doble función, como les gusta. Las dos historias de hoy son diferentes, pero ambas sumamente aterradoras. Por razones distintas, sí. Y bueno, paranormales o no, eso ustedes tendrán que juzgarlo. Pero si algo sí tienen en común ambas, es que se prestan para que ustedes nos ayuden a descifrarlas, a entender qué está pasando en ellas. Así que listos y listas, porque les advierto que ya no hay marcha atrás una vez que entren en los siguientes Relatos de la Noche.
A ver, esto no lo he contado completo nunca. Es decir, partes, sí, a mi mejor amiga, a mi psicóloga incluso, pero completo, completo, jamás. Así que denme un segundo porque de verdad se me pone la piel de gallina nada más de empezar a escribirlo. Esto pasó en el rancho de mis abuelos, en Chihuahua. Bueno, rancho, les decíamos, pero era más bien ya una casa grande con mucho terreno alrededor, como a 40 minutos de la ciudad. Cuando a mí me tocó visitarlo ya no había animales como antes. Ibamos muy seguido de niños, casi todos los veranos, todas las navidades, con mis primos, sobre todo con Álvaro, que es el mayor, el que más me lleva de edad, pero siempre fuimos muy unidos. Y desde chiquitos, y esto se los juro que no es exageración de adulta, esto lo hablábamos nosotros de niños, a ninguno nos gustaba salir de noche, pero nada, ni al pasillo, mucho menos al patio. Mis tíos se burlaban, nos decían que éramos unos miedosos, pero es que se escuchaban cosas, sonidos que uno querría explicar como coyotes, perros salvajes, algo así, pero que nunca terminábamos de entender, como ojitos pero más graves.
Más, la verdad no sé cómo decirlo, más cerca de sonar como si tuvieran forma de… palabras, de una voz, de un lamento. Sé que suena ridículo dicho así, pero cualquiera que haya crecido ahí sabe de lo que hablo, todos mis primos lo entenderán si llegan a escuchar esta historia, y se enterarán de muchas cosas que apenas se contarán aquí.
Y la casa en general, esto también es algo que compartíamos todos los primos sin decírnoslo directamente, tenía una energía muy rara, no sabía explicarlo mejor que eso. No es que hubiera fantasmas clásicos, aunque a veces se escuchaban puertas cerrase solas, pero era más como una sensación de que uno no estaba completamente solo en el rancho. Nunca dentro de la casa, me refiero a fuera. Podría contarles muchos sustos pequeños que tuvimos a lo largo de la infancia, pero no terminaría. Y hay que pasar a lo siguiente, a lo que me hace escribirles. Hace cosas de dos años mis dos abuelos se enfermaron, al mismo tiempo, cosa que ya de por sí es bastante rara. Mi abuela con un problema del corazón, mi abuelo con algo respiratorio. Nunca les dieron un diagnóstico exactamente claro de por qué de repente los dos empeoraron tan rápido y tan parejo.
La familia decidió armar turnos para ayudar. Éramos hartos nietos e hijos, así que siempre había alguien en la casa cuidándolos, día y noche. Yo tuve varios turnos de noche sobre todo, y en uno de esos, creo que fue por la tercera o cuarta semana, mi abuelo, que ya para entonces hablaba poquito, me pidió que revisara que todas las puertas y ventanas de la casa estuvieran bien cerradas.
Se lo tomé como una cosa normal, un señor grande y preocupado, que quería sentirse de seguro. Revise todo y todo estaba bien, y se lo dije. Y entonces, y esto es lo que ya no me cuadró, me pidió que le hablara a Álvaro, que viniera, que quería que los dos juntos fuéramos a revisar el sótano.
El sótano era algo muy extraño, que no estaba ni siquiera pegado a la casa, para que se den una idea nada más. Estaba como a 60 metros cruzando parte del terreno, donde empezaba una zona con más monte, con más arbolitos secos. De lejos parecía como un baño, era una puerta de madera, así plantada casi a ras de piso, que uno de lejos hubiera podido confundir con la entrada a un baño de esos de rancho, un baño de pozo, saben, de esos apartados de la casa principal. Pero no, detrás de esa puerta había una escalera que bajaba. Mi abuelo nos dijo algo que se me quedó grabado con una claridad que me da miedo. Nos dijo, si van y la puerta está abierta, ciérrenla y ya, pero no vayan a entrar.
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