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De pronto nos dimos cuenta de que estábamos hirviendo comida en una fiesta que no era del todo normal. Todos los invitados, esa gente escandalosa y famosa que había comido y tomado de lo más contenta, todos se quedaron callados de repente, voltearon hacia la puerta y una persona muy alta y muy extraña entró.
Muy buenas noches comunidad. En historias como esta, aunque sea mucho más real que paranormal, les recuerdo por favor que no se sugestionen y que tomen estos relatos como entretenimiento, por favor, porque sé que hay mucha gente que le pasa mal, pero sigue escuchando. Hay historias como esta que se pueden sentir mucho, mucho más cercanas, porque todos podamos tener una secta cerca, pues prefiero recordárselos a que la pasen mal por escuchar. Así que ustedes tranquilos, tranquilas, y simplemente escuchen con atención. La historia es larga, nos la han compartido anónimamente en el grupo de Facebook y se va a quedar así, anónima, por obvias razones que escucharán a continuación. Comenzamos pues con el siguiente relato de la noche.
Hace algunos años, cuando recién me fui de mi pueblo a estudiar a Guadalajara, me tocó vivir una de esas épocas en las que el dinero nomás no alcanza. Mis papás hacían el esfuerzo por apoyarme con lo que podían, pero entre la universidad, la renta del departamento y los gastos de todos los días, siempre andaba contando las monedas.
Vivía con otros cinco estudiantes en un departamento donde todos estábamos igual de fregados. Había semanas en las que, después de pagar lo indispensable, apenas quedaba para comer. Por eso acepté un trabajo de medio tiempo como mesero en un restaurante de Chapultepec. El sueldo era malo, ya se imaginarán, pero las propinas ayudan bastante, y mientras encontraba algo mejor, era suficiente para salir adelante. Y ahí conocí a Ulises. También era estudiante, aunque ya estaba por terminar la carrera. Era de esos tipos que parecían que conocían gente en todos lados. Siempre tenía algún trabajo extra o sabía dónde estaban contratando. Un día, mientras cerrábamos el restaurante, me dijo, oye, creo que ya te encontré algo mejor. Le pregunté de qué se trataba, obviamente con mucho interés. Mira, son eventos privados, muy exclusivos. Pagan bastante bien y realmente no haces gran cosa, no más servir mesas.
No necesité escuchar más, le dije que sí a todo en ese mismo momento. Tres días después me habló para decirme que ya había un lugar. Nos citaron una tarde entre semana en una mansión de una de las zonas más exclusivas de Guadalajara. Desde que llegamos se notaba que no era cualquier evento. Nos hicieron pasar por una entrada lateral y una mujer muy bien vestida nos recibió uno por uno. Nos entregaron uniformes negros impecables y antes de dejarnos entrar nos dio las únicas instrucciones que íbamos a recibir esa noche.
Ustedes solo sirvan. No hablan, no miran, no escuchan nada.
No sueno grosera, pero tampoco pareció una sugerencia. Nosotros no montamos nada porque todo estaba listo desde antes de que llegáramos. Había una mesa larguísima, perfectamente acomodada, arreglos florales enormes, bajillas que yo nunca había visto y botellas de vino que seguramente costaban más que varios meses de mi renta. Cuando empezó a anochecer, comenzaron a llegar los invitados. Puros señores de traje, empresarios, políticos, gente que claramente estaba acostumbrada a moverse con escoltas. También llegó un hombre vestido completamente de negro, al que todos parecían tratar con muchísimo respeto. Casi todos se acercaban a saludarlo besándole la mano. Recuerdo que me llamó la atención porque nunca había visto algo así, salvo cuando llegan padres u obispos o cosas así.
Nosotros comenzamos a servir. Primero las entradas, luego el vino. Después otro vino y más. Más tarde los platos fuertes. Al principio estaban hablando de negocios, de inversiones, de política, de permisos y de cosas que la verdad yo ni entendía. Pero conforme fue avanzando la noche, el ambiente cambió. Las botellas empezaron a vaciarse. Las risas se hicieron más escandalosas. Ya hablaban sin cuidar tanto lo que decían. Se notaba que todos se conocían desde hacía mucho tiempo. Que estaban en mucha confianza. Nosotros hacíamos exactamente lo que nos habían pedido. Entrábamos, servíamos y desaparecíamos de ahí. Ni siquiera cruzábamos miradas con los invitados. Poco antes de la media noche el evento terminó. Los invitados comenzaron a despedirse entre abrazos y carcajadas. Mientras nosotros levantábamos las últimas copas. Antes de la una de la mañana ya nos estaban pagando. Recuerdo perfectamente cuando abrí el sobre. No exagero si les digo que traía casi lo mismo que ganaba normalmente en un mes entero de propinas.
Mientras guardaba el dinero, la mujer que nos había recibido al principio nos hizo una seña para acercarnos. Nos apartó a Ulises y a mí del resto de los meseros. Habló igual de cálida que al principio. Trabajaron muy bien. Les voy a estar llamando. A los patrones les gustó cómo trabajan.
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