**SPEAKER_1** (0:00)
Si encontraste este podcast de horror en tu feed, bienvenido. De este lado ya sabemos que entre una historia de terror y una nota de periódico no hay diferencia. Este es un episodio de la nueva serie en podcast México Siniestro, una colección de relatos basados en hechos reales e inspirados por el imaginario mexicano.
Si te gusta escuchar lo que pocos se atreven a contar, busca México Siniestro en cualquier plataforma de podcast. Ahí encontrarás el resto de los episodios. México Siniestro es un podcast con las participaciones de Regina Blandón, Memo Villegas, José María de Tavira, Michelle Rodríguez y muchos más.
**SPEAKER_2** (0:51)
Cuéntame del temblor.
**Verónica Langer** (0:53)
¿Cuál?
**SPEAKER_4** (0:54)
Cuál de todos, ¿verdad?
**Verónica Langer** (0:55)
Bueno, este, el del 17 estuvo muy fuerte y en Oaxaca especialmente. Yo tenía una vitrina con muchas figuritas y el temblor fue trepidatorio. Entonces, empezaron a caer entre el mundo de cosas que se cayó en mi casa, se cayó una azucarera. Yo, entonces, me acababan de diagnosticar que tengo diabetes. Entonces, ya la azucarera era para mí un objeto prohibido totalmente. Bueno, el caso es que la azucarera se cayó, se cayó un reguero de azúcar. La estaba ya recogiendo y de pronto veo uno de estos blisters de pastillas, pastillas de colorcito. Y dije, qué raro. Digo, pensé que serían tal vez de mi marido, no sé, a lo mejor hasta me preocupé porque dije, que a lo mejor tío está enfermo de algo, no me quería decir. Recogí el azúcar, rellené la azucarera, chao. Mi marido y sus amigos, o sea eran cuatro, se juntaban una vez al mes en una de las casas a jugar al pócar y bueno, pues yo cuando se juntaban en la casa, pues me echaba una partidita. Bueno, no me gustaba mucho, bueno, ahora no. Me daba sueño en general y bueno, yo me duermo temprano, así que no importaba, me iba al cuarto, me dormía. Me hice amiga de Lola, que era la esposa de Juan, uno de ellos. Y un día iba yo caminando por la calle y me encontré Lola. Me extrañó porque la noté nerviosa, ausente y mucho más delgada.
Le quise preguntar qué le pasaba. No, nada, nada. Y como que me evadió y se fue para su casa. Entonces venía la noche al pocar en mi casa. Y yo como siempre les preparaba algo de comer, según no, pero casi siempre eran tamales de hoja de plátano. Quedaban muy ricos. Y bueno, cuando llegaron se los preparé, me senté un ratito a jugar, como hacían en otras ocasiones. Me tomé una copita de mezcal que me sirvió mi marido. Siempre el mezcal me lo servía él. Me dio sueño, me fui a la cama. Tenía dos llamadas perdidas de mi hijo madre Lola. Ay, pero estaba muy cansada para hablar. Apagué mi celular, pensé, se llamó mañana.
Cuando desperté, tenía ocho. Ocho llamadas perdidas de Lola. La última fue a la una de la mañana. Y un mensaje de voz que me decía que necesitaba hablar con mí urgente, que había descubierto algo que le pasaba en las noches de poker. Así que salí disparada a su casa. Pero de camino, me encontré con mi marido. Tenía la cara de secha. Que Lolita se había cortado la suelta. ¿Tú crees?
Y Ricardo la había encontrado en la tina del baño esta mañana.
Se meló la sangre. Me temblaban las manos pensando, ¿qué sería eso que le pasaba en las noches de póker? Y como por inercia, me asomé en la azucarera.
Y se me hundió el estómago.
Fata una pastilla. No se volvieron a juntar durante dos meses. En los que diario me asomaba el bote de azúcar, siempre contando siete pastillas. Finalmente retomaron el póker en mi casa. Y entonces me fui, compré una camarita, la instalé justo ahí, enfrente de la mesa del comedor, donde se sentaban a jugar al póker. Preparé los tamales. Vino Ricardo, el marido de Lola.
**SPEAKER_4** (4:33)
Se veía escuálido.
**Verónica Langer** (4:35)
Y entonces nada, me entró sueño. Casualidad, me metí al cuarto, cerré la puerta. Y la cámara pues siguió grabando. A la mañana siguiente me levanté disparada para ver qué era lo que ocurría en las noches de pócara. Me vi cocinando. Todo igual. Hasta que vi a Esteban sacar una de las cápsulas del bote de azúcar y echarle un vaso.
El mío.
Ellos jugaron un rato más y se desnudaron. Vi cómo abrieron la puerta del cuarto, la cerraron, se metieron. Le fui adelantando, lo podía querer. Pasó una hora que estuvieron ahí en el cuarto. Pues nada, salieron y se echaron todavía otra copa. Y ya muy contentos se fueron a su casa. Y además no solo me di cuenta por qué lo vi en el video, sino porque yo olía, yo estaba dolorida de algo, me habían hecho en mi cuerpo. Uno sabe que hay gente mala, pero haber convivido con gente así, haber creído en el amor, no sé, siempre, como increíble, ¿no?
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