**Uriel Reyes** (0:05)
Empezó como un fin de semana normal en esa cabaña de Mazamitla, hasta que vimos un paseo por la noche, hasta que mi hermana vio algo extraño entre los árboles, algo que parecía seguirnos. Nuestra vida está a punto de cambiar para siempre, estábamos a punto de conocer lo que es el verdadero miedo.
Bienvenidos comunidad una vez más a una doble función de Relatos de la Noche, dos historias largas esta noche que estoy seguro que les van a gustar, porque son diferentes pero yo creo que igual de impactantes. Una sucede en una cabaña de Mazamitla, un lugar del que hemos hablado mucho en este programa y que por supuesto es conocido por su belleza pero también, también por su actividad paranormal. Seguiremos en el estado mexicano de Jalisco en la segunda, pero cambiamos una cabaña alejada por la casa de los abuelos como escenario. ¿Te atreves a escuchar? Ya ni marcha atrás, estás escuchando Relatos de la Noche.
Comunidad, muy buenas noches. Mi nombre es Eduardo y quisiera contarles algo que nos ocurrió a toda mi familia hace ya algunos años, por allá de 2015 Comenzó durante unas vacaciones en Mazamitla, Jalisco. Mi familia y yo habíamos ido a pasar unos días allá. Solamente tres, porque mi papá tenía que regresar a trabajar. Nosotros ya conocíamos la zona porque nos gustaba mucho ir. Y quedarnos en esas cabañas que están realmente metidas en el bosque, donde no tienes ni una línea de señal. Son cabañas completamente de madera, donde escuchas como rechina todo cuando caminas. Antes de seguir quiero contarles algo sobre mi familia, porque es importante para lo que pasó. Nosotros somos cuatro hermanos, tres hombres y una mujer. Yo soy el tercero, y la más pequeña es mi hermana, Nideline. En ese entonces ella tenía nueve años. Mi hermana tiene una discapacidad que hace que le cueste trabajo pronunciar bien algunas palabras. Para alguien que no la conoce puede parecer que habla chiqueado, y a veces incluso a nosotros nos costaba entenderle. Los primeros días de aquellas vacaciones fueron normales. Nos divertimos muchísimo. Siempre que íbamos a esas cabañas, teníamos la costumbre de salir por las noches a buscar nuestra propia leña para la fogata. Llevamos una linterna para alumbrarnos, y un lazo para cargar la madera de regreso. Ya conocíamos el recorrido. Caminábamos por el bosque hasta llegar a una cancha de basketball de cemento que estaba abandonada prácticamente consumida por las plantas y algunos árboles. La última noche volvimos a salir.
Íbamos por el mismo camino de los días anteriores, pero después de un rato comenzábamos a notar algo bien raro. Caminábamos y caminábamos, y la cancha no aparecía. Se nos hizo extraño porque ya conocíamos el recorrido y sabíamos más o menos cuánto tardábamos en llegar. Aún así seguimos un poco más, hasta que mi papá dijo que mejor regresáramos. Tal vez sin darnos cuenta, habíamos tomado otro camino. Nos dimos la vuelta.
Aproximadamente cinco minutos después, estábamos otra vez donde comenzaban las cabañas. Todos nos sorprendimos porque no coincidía para nada el tiempo que habíamos caminado de Ida, con lo que habíamos tardado en regresar. Además, las cabañas de ese lugar están bastante separadas unas de otras, algunas hasta por treinta metros. Simplemente no entendíamos cómo habíamos regresado tan rápido. Pero nadie quiso darle mucha importancia a eso. No resistíamos. Seguimos caminando hacia nuestra cabaña y fue entonces cuando empezamos a notar algo en Neidellín. Mi hermana ya no hablaba. Iba muy seria y se quedaba viéndose a la nada. Nadie pensó demasiado en eso en ese momento. Llegamos a la cabaña y esa noche nos fuimos todos a dormir.
Al día siguiente recogimos nuestras cosas y regresamos a Guadalajara. Cuando llegamos a casa, Neidellín seguía igual. Mi mamá intentaba hablar con ella y mi hermana simplemente no contestaba. Agarró su mochila y subió al cuarto. Ella y yo, por ser los dos más chicos, dormíamos en la misma habitación. Siempre habíamos sido muy unidos y no nos gustaba estar separados.
Ese mismo día empezamos a notar que mi hermana hablaba y jugaba con alguien cuando estaba sola. Si escuchábamos que estaba hablando, intentábamos acercarnos. Inmediatamente se quedaba callada. Volteaba a vernos con una expresión claramente molesta. Como si le incomodara que lo hubiéramos descubierto.
Esa noche cuando ya estábamos acostados, sentí que alguien me estaba viendo. Voltea hacia la cama de mi hermana. Nideline estaba despierta, mirándome.
Ney, ya duérmete, es tarde. Le dije, pero no respondió. Solamente comenzó a acostarse muy despacio.
Después de eso, pude dormir. Y esa noche ya no ocurrió nada más.
Al día siguiente recuerdo que mi mamá nos pidió que nos bañáramos. Cuando quiso meter a mi hermana al baño, Nideline comenzó a gritar que no quería bañarse, que no le gustaba el agua.
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