**Uriel** (0:06)
Por la madrugada entre abrí los ojos y noté a una mujer sentada en mi cama, viéndome, estirando una mano hacia mí como si quisiera tocarme, como si quisiera algo. Entonces recordé lo que había vivido en la carretera, el peligro, el miedo, la promesa que hice a eso para que me salvara, una promesa que no había cumplido y que ahora esa anima quería cobrar.
Buenas noches comunidad. El episodio de esta noche nos llevará a las carreteras más solitarias, más recónditas y lejos de todo, sin que nadie pueda ayudarnos. Al menos no nada humano. Ojalá que estés escuchando del mejor humor, pero si estás manejando a solas en una carretera como las de esta historia. Quizás sea mejor no escuchar, dejarlo para después. A menos que no tengas miedo de convertirte en el siguiente protagonista de Relatos de la Noche. Comenzamos.
Hola Uriel, te escribo en esta ocasión desde la Patagonia Argentina. Soy chileno, aunque llevo muchos años viviendo cerca de Calafate. Llegué cuando el pueblo era todavía más pequeño que ahora, antes de que empezaran a aparecer hoteles nuevos por todos lados y antes de que el turismo creciera tanto como en los últimos años. Trabajo en construcción y durante años participé en obras por toda esta zona, muchas de ellas en el pueblo de El Chaltén. Ahí construimos cabañas, ampliaciones, hosterías y algunos de los hoteles que reciben visitantes a todo el mundo durante la temporada alta. Por eso conozco bastante bien los caminos que llevan allá, que en invierno se vuelven intransitables. Y precisamente por eso nunca he podido encontrar la explicación a lo que me ocurrió. Pero tengo teorías que les compartiré al final. Teorías que no sé si me provoquen más miedo o confusión.
Esto que voy a contar fue al empezar un invierno. Para quienes no conocen el Chaltén, les diré que el pueblo cambia muchísimo cuando llega esa época del año. Los negocios cierran temporalmente, los trabajadores se marchan sobre todo en julio y agosto, y hasta la carretera que lleva el pueblo se vuelve peligrosa. En aquel tiempo trabajábamos en una ampliación que se estaba haciendo en un hotel, un hotel prácticamente nuevo, una obra en vez de las muchas que estaban apareciendo en esos años. El lugar estaba creciendo rápido y cada temporada parecía haber nuevos proyectos. Esa mañana me tocó llevar unos materiales que se han faltado en la obra antes de pararla. Salí temprano, antes de que amaneciera por completo. Hacía muchísimo frío, incluso para los estándares de la zona. Había nieve acumulada a ambos lados de la carretera.
Recuerdo que durante varios kilómetros no vi absolutamente a nadie. Solo la carretera y las montañas al fondo. Y ese silencio tan particular que tiene en la Patagonia en invierno. Cuando ya solo se escucha el viento helado. Silencio del fin del mundo. Iba pensando en asuntos del trabajo cuando vi algo adelante. Era un automóvil detenido al costado del camino. Parado como si hubiera sufrido alguna falla mecánica. O como si se hubiera salido de la carretera. Junto al vehículo había tres personas. Dos chicas y un muchacho.
Pensé que habían tenido muy mala suerte. En verano aquello habría sido un inconveniente. En invierno era otra historia. Dependiendo del clima, pero quedarse varado podía convertirse en un problema de vida o muerte. Redujé la velocidad y me acerqué. Vi lo que había pasado. El coche tenía un golpe en el frente, muy grande. A unos metros yacía el cuerpo de un guanaco. Un animal de la región que no pocas veces se atraviesa en la carretera. Y suceden accidentes así. Había sangre en la nieve.
Y ahí empecé a notar detalles extraños. No sabría explicar exactamente qué era realmente, pero la ropa, por ejemplo, los colores, las mochilas, incluso los peinados no me hacían sentido. No parecían antiguos exactamente, pero tampoco era nada que yo recordara. Me detuve junto a ellos y bajé la ventanilla. Les pregunté si necesitaban ayuda. Los tres se quedaron mirándome y no respondieron. Recuerdo bien esa sensación porque fue muy incómoda. Pensé que tal vez no me habían escuchado, que no hablaban español o que se llenan en shock por el accidente. Entonces el muchacho habló en un acento que me parecía colombiano. De dónde salió usted?, me preguntó. Señalé la carretera detrás de mí. Cómo que de dónde?, ¿de la carretera? Los tres voltearon hacia el camino. Después volvieron a mirarme. La reacción fue tan rara que todavía la recuerdo. Parecían confundidos, pero también asustados. Fue una de las chicas quien respondió mirando a la carretera. No, usted no venía por ahí.
Me reí un poco porque pensé que era una broma. Les dije que acababa de recorrer ese camino y que los venía viendo desde lejos.
La otra muchacha, la que no hablaba, estaba completamente pálida. Recuerdo incluso haber pensado que tal vez encontraba enferma o que había pasado demasiado tiempo expuesta al frío. Les pregunté si estaban bien, qué había pasado si necesitaban ayuda. Me dijeron que el animal se atravesó y que el coche ya no avanzaba, pero al menos funcionaba el aire acondicionado.
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