**Uriel Reyes** (0:08)
Me desperté en la madrugada, mi novia también se acababa de despertar. Los dos escuchábamos con atención ese sonido.
Estábamos solos en casa, pero algo parecía acercarse por el pasillo. Pero no caminando, se escuchaba muy raro, como si alguien brincara con las piernas juntas. Y eso estaba a punto de llegar a nuestra habitación.
Muy buenas noches, mi querida comunidad de Relatos de la Noche. Gracias por darnos de nuevo la oportunidad de llevarles a ustedes las siguientes historias que son de un tema muy, muy cercano a todos. Porque todos por aquí conocemos relatos sobre casas embrujadas. Sobre casas con historias de fantasmas que las habitan por generaciones. Son algo fuertes, las dos historias, tengo que advertirlo. Ambas por motivos diferentes. Pero pueden herir la sensibilidad de algunas personas. Así que por favor escuchen con mucha prudencia. Visitemos pues estas casas embrujadas todos juntos. Ya estás escuchando Relatos de la Noche.
Cuando mi novia y yo encontramos esa casa sentimos que por fin habíamos tenido un golpe de suerte entre tantas cosas difíciles que habíamos vivido. Era de una familiar de ella y prácticamente nos las estaban rentando como si fuera un departamento de dos cuartos. Pero era una casa de verdad. Mucho más barata que una casita pequeñísima con apenas un cuadrito de patio a donde nos mudamos para vivir juntos por primera vez, cuando ya no podíamos pensar en departamentos por nuestros animalitos. Pero ésta era grande. Estaba en una colina, tenía dos pisos, un ventanal enorme desde el que se veía casi toda la colonia y una sala muy amplia donde ya había algunos muebles viejos que los dueños dijeron que iban con la renta si queríamos conservarlos. Entre los muebles estaba un sillón mecedor para una sola persona, de madera, con cojines gruesos, bastante gastado pero todavía firme y tan cómodo que aunque no encajaba con nada ahí decidimos dejarlo. Nos dijeron que los otros muebles ellos los habían llevado, pero ese ya estaba ahí cuando compraron la casa.
Nos mudamos con Lorenzo, mi perro, que llevaba conmigo desde antes de conocer a mi novia, y con Benito y Scar, dos gatos que habíamos adoptado ya viviendo juntos. Benito era muy tranquilo y estaba muy viejo. Scar todavía era un gato joven que pasaba buena parte del día correteando a Lorenzo para jugar. Los tres se llevaban increíble. Dormían con nosotros, se sellaban por toda la casa, y cuando salíamos siempre los encontrábamos a los tres esperándonos atrás de la puerta.
La primera noche nos despertó un ruido que ninguno de los dos supo explicar. Se escuchaba cada pocos segundos, como si alguien dejara caer todo el peso del cuerpo sobre el piso. Luego esperara un momento y volviera a caer unos metros más adelante. Permanecimos acostados nada más mirando a la oscuridad, tratando de entender de dónde venía mientras Lorenzo ya se había puesto de pie junto a la cama. Tenía las orejitas levantadas y el cuerpo completamente rígido. Estaba a punto de empezar a ladrar, de salir corriendo a la puerta.
Los dos gatos también estaban despiertos, quietos, viéndose a la puerta del cuarto.
Finalmente nos levantamos, bajamos a revisar pensando que quizás alguien había llegado por error, pensando que no había gente, o que alguien estaba intentando meterse por la barda. Pero no había absolutamente nadie, ni una ventana abierta, ni un solo objeto fuera de lugar. Y fue muy raro que cuando volvimos al cuarto, ninguno de los tres animalitos quiso subir con nosotros. Los llamamos varias veces. Lorenzo levantó la cabeza, nos vio y se acostó abajo. Benito y Scar hicieron exactamente lo mismo.
Pensamos que era el estrés de la mudanza, o que se habían quedado alertas y querían cuidarnos, y nos fuimos a dormir como pudimos, porque no acostumbramos a no sentirlos ahí, en la cama.
A la mañana siguiente los encontramos en la sala todavía, los tres, sobre el mismo sillón, ese viejo que nos dejaron. Benito estaba recostado en el respaldo. Scar echó bola sobre el asiento y Lorenzo acostado justo a los pies, como si estuviera cuidándolos.
Nos dio risa, hasta les tomamos una foto porque pensamos que simplemente habían encontrado su lugar favorito para dormir en la casa nueva.
La siguiente, la siguiente noche comunidad, volvió a escucharse aquel sonido. Esta vez duró más. Se iba desplazando por el pasillo y luego dejaba de oírse durante varios minutos. Abrimos la puerta, vimos que Lorenzo subió y caminó hasta la puerta del cuarto, pero no ladró. Y eso también era muy raro en él. Si alguien se acercaba a la casa era el primero a hacer escándalo.
Esa noche permaneció completamente callado. Bajamos otra vez. No encontramos nada. Los dos gatitos se llena allí abajo. Lorenzo bajó y se quedó con ellos también. Y otra vez. Otra vez amanecieron en el sillón.
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