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Cuando nos acercamos a la plaza de Río de Janeiro, pusimos atención a esa estatua en el centro del parque, una réplica del David de Miguel Ángel. Pero había algo más. Una mujer colgada de la parte superior. Se asomabase a nosotros y sonreía como si estuviera jugando. Y había algo muy extraño en ella, casi, casi como si no fuera una persona real.
Muchos de quienes nos escuchan de la ciudad de México y sus alrededores, y bueno, prácticamente cualquier persona de fuera, del resto de la República Mexicana o de otros países también que vengan a esta ciudad, han pasado por uno de los barrios más tradicionales y turísticos que tiene, la legendaria Colonia Roma, donde encontrarán casonas, restaurantes, bares, calles solitarias también, parques míticos como el río de Janeiro, al pie de la Casa de las Brujas. Hoy, iniciamos con historias que nos hablan de lo que te puedes encontrar en este lugar, cuando ya nadie camina a sus calles. En algunas de ellas parece que el movimiento nunca para, otras parecen detenidas en el tiempo. Este episodio va dedicado a todos los que han pasado por ahí, sobre todo a quienes tienen que hacerlo de forma constante. Así que, les preguntemos, ¿listos? ¿listas? Les digo algo, hemos dejado la historia más aterradora para el final, así que no se vayan ir sin terminar este episodio. Es hora de olvidarnos de todo por un ratito, es hora de comenzar con un episodio más de Relatos de la Noche.
Que tal comunidad, gracias por dejarme ser parte de Relatos de la Noche. Soy de Iztapalapa, y lo que voy a contar me ocurrió hace aproximadamente diez años, cuando conseguí mi primer trabajo por allá en la Colonia Roma. En aquel entonces tenía poco más de veinte años, y aunque ya conocía varias partes de la ciudad, esa zona era nueva para mí. Nunca fui ni de fiesta hasta esos días. Por la noche, al salir siempre después de las diez y a veces más tarde, me tocaba caminar hasta la glorieta de insurgentes para tomar el metro y emprender el largo regreso a casa. Había quienes me decían que tuviera cuidado por la hora, pero sinceramente yo me sentía bastante tranquilo caminando por ahí, sobre todo estando acostumbrado a mi barrio. Si no me sustaba esta palapa, que me iba a andar asustando una colonia fresa como esa. Pero, ¿saben qué? La Roma tiene algo muy especial cuando ya es de noche. Durante el día siempre hay mucho movimiento, todos saben. Gente paseando perros, turistas tomando fotos, personas entrando y saliendo de cafeterías o restaurantes, más toda la gente que camina por ahí para ir a sus trabajos. Pero, después de ciertas horas, algunas calles, las que no son principales, donde no haya lugares abiertos, parecen convertirse en algo completamente distinto. Siguen siendo bonitas, siguen estando iluminadas, pero se sienten vacías de una forma bien difícil de explicar. Yo acostumbraba a subir por Jalapa. Era el camino que me había prendido durante mis primeras semanas de trabajo. Caminaba varias cuadras hasta llegar a la glorieta de insurgentes y de ahí tomaba el metro para volver a Isztapalapa. Después de unos días, ya podía hacerlo prácticamente sin pensar. Siempre el mismo camino.
La noche que ocurrió esto había salido un poco más tarde de lo habitual. No recuerdo exactamente la hora, pero sé que debían pasar ya de las 11 y media porque estaba pensando qué iba a hacer si no alcanzaba a llegar al metro. Y la calle de Jalapa se veía mucho más vacía de lo normal. No veía coches ni gente. Ni siquiera escuchaba música saliendo de algún lugar ni gente paseando a sus perros. Era una de esas noches en las que parece que toda la calle decidió quedarse en casa.
Yo iba caminando apresurado cuando vi algo más adelante, cerca de una de las banquetas. Lo primero que pensé es crea alguien esperando. Luego creí que tal vez era una persona en situación de calle, por la forma en que estaba vestido. Conforme me acerqué distinguí que parecía alguien muy delgado. Por la forma del cuerpo hubiera dicho que era un muchacho joven. Estaba sentado sobre la banqueta con los pies hacia la calle, al lado de un carro. Tenía las rodillas levantadas y abrazadas con los brazos. La cabeza descansaba entre ellas como si estuviera dormido o llorando. Pensé que algo estaba mal. De verdad, sentí que tenía que tener cuidado. No sé si a ustedes les pasa, pero cuando uno camina mucho solo de noche, pues va desarrollando ciertos instintos. Hay personas que simplemente llaman la atención porque hay algo raro con ellas, y había algo muy raro con este muchacho. Yo seguí caminando, atento a cualquier movimiento. Recuerdo que incluso crucé ligeramente hacia el otro extremo de la banqueta para no pasar demasiado cerca, pero cuando estuve prácticamente junto a él, escuché una voz, una voz baja, como si apenas pudiera hablar. Oye, ¿no sabes dónde puedo tomar un taxi?
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