**Uriel Reyes** (0:03)
Colocamos cuidadosamente el cuerpo en la camioneta del Servicio Médico Forense. Esa era la parte más triste del trabajo. Nos reunimos con los policías para despedirnos, antes de salir de esa carretera en medio de la nada, cuando...
Se escuchó que algo se movió. Ahí dentro, en el lugar donde acabábamos de dejar el cadáver.
Bienvenidos a otro episodio de Relatos de la Noche, mi querida comunidad. Y hoy, hoy nos vamos a subir ambulancias que recorren carreteras, y que se encuentran con algo más que simples accidentes. Quizás se encuentren junto a nosotros, con la evidencia de lo paranormal. Si te asustas con las historias de fantasmas duras, es momento de buscar otro contenido. Algo de terror más fantasioso porque estas historias vienen desde la gente que las vivió. Ya no hay vuelta atrás. Estás escuchando... Relatos... De la Noche.
Hola comunidad de Relatos de la Noche. Prefiero mantener mi nombre en privado porque todavía trabajo como paramédica para uno de los servicios de emergencia que tienen accidentes en carretera. A Auriel le voy a pasar todos los datos para que vea que lo que digo es verdad. Si alguna vez han viajado por autopistas del norte, seguramente han visto nuestras ambulancias, pero por la misma razón no puedo decir exactamente cuál es la empresa ni en qué estado ocurrió esto. Lo único que puedo contarles es qué pasó hace algunos años. En una carretera que atraviesa el desierto, donde puedes conducir durante media hora sin cruzarte con otro vehículo, y donde el calor cambia por completo la forma en que uno percibe la carretera y el tiempo. Cuando ves el frente, lo único que se distingue es el horizonte detrás de ese calor vibrante que sale de la carretera. Seguro que lo han visto aunque no lo sepa explicar. Después de varios años haciendo ese trabajo, uno termina casi perdiéndole el miedo a muchas cosas a las que se cuentan por ahí. Casi. Nos toca atender choques muy fuertes, personas prensadas, familias completas heridas. A veces de formas horribles como se dan en esos accidentes tan fuertes. Y también mucha gente que desgraciadamente ya falleció antes de que pudiéramos llegar. Aprendes a concentrarte en lo que sigue. A no hacer preguntas que ya no sirven ya trabajar aunque el panorama sea muy duro. Tienes que perder un poco la sensibilidad para poder seguir trabajando. Para salvar vidas. Precisamente por eso lo que pasó aquella tarde nunca fue diferente a cualquier otra noche. A cualquier otra cosa de la que sí me pudiera llegar acostumbrar. Nos mandaron el servicio poco antes al anochecer. La central informó que había un vehículo accidentado fuera del camino. Que un automovilista acababa de reportarlo al número de emergencias. La ubicación estaba varios kilómetros en el desierto. En un tramo completamente recto. Donde casi no hay referencias más que algunos cerros bajos muy a lo lejos. Y enormes extensiones de tierra seca.
Salimos de inmediato porque el reporte se amanejó como un posible accidente con personas lesionadas. Mientras avanzamos vimos que también habían despachado una patrulla de la Guardia Nacional. Algo completamente normal cuando se trata de un hecho de tránsito en zona federal.
Tardamos alrededor de veinte minutos en llegar. Desde lejos vimos las luces de la patrulla estacionada sobre el acotamiento amplio de tierra.
Ninguno de los oficiales estaba haciendo señas para que nos apresuráramos, ni parecían dar alguna atención. Los dos permanecían de pie viéndose un punto varios metros fuera del asfalto, como si simplemente estuvieran esperando nuestra llegada. Y eso siempre era mala señal.
Bajamos de la ambulancia pensando que tal vez se habían estabilizado a la víctima o que el conductor había salido por su cuenta. Pero conforme caminábamos hacia donde señalaban, empecé a notar detalles que no coincidían con un accidente reciente. La camioneta había quedado entre unos arbustos. Tenía la parte frontal destrozada contra una formación de piedra. Pero sobre el cofre, el parafrisas y los costados había una capa de polvo. Las ramas alrededor ya estaban secas y dobladas sobre la carrocería. Una de las llantas se había desinflado por completo, y el ring llevaba tiempo descansando sobre la tierra. Era la clase de imagen que uno espera encontrar cuando un vehículo lleva abandonado varios días bajo el sol, no cuando acaba de salirse del camino unas horas antes. Uno de los policías solamente nos dijo que todavía no habían abierto la puerta. Se acercaron con nosotros y entre todos logramos forzarla. Entendí por qué nos habían apresurado, qué fue lo que habían visto. El olor salió de inmediato, no hacía falta revisar mucho para saber que el conductor llevaba bastante tiempo muerto. Fermanicé sujeto por el cinturón de seguridad, inclinado ligeramente hacia el volante, completamente rígido ya. El calor del desierto había acelerado todo el proceso y bastó un vistazo para entender que aquella persona no tenía ninguna posibilidad de haber sobrevivido hasta esa tarde.
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