**Graciela** (0:00)
Era de noche y queríamos tomarle fotos a la luna, pero no pudimos. Nos salieron movidas y feas, así que solo nos quedamos a ver.
**SPEAKER_2** (0:10)
Ey, ey, bajen conmigo.
**Graciela** (0:17)
De pronto escuchamos algo. Parecía venir del barranco, entre las ramas. Estábamos a kilómetros de cualquier pueblo, de cualquier casa, y sin embargo algo, una voz nos hablaba desde ahí.
Como está en comunidad, espero que bien. Me gusta imaginar que a estas alturas cada quien ya tiene su manera de escuchar Relatos de la Noche. Que algunos preparan su café antes de empezar, que otros aprovechan para adelantar pendientes mientras les hacemos compañía. Y si que hay quienes esperan a que todo esté en silencio y apagan la luz y nos ponen justo antes de dormir. Pero sea cual sea su ritual, gracias por permitirnos acompañarles una vez más. Y por cierto, si alguna vez les ha pasado algo extraño mientras escuchan este programa, recuerden que aunque suene raro, pueden conseguir agua bendita y ponerle una cruz. Una cruz de agua bendita a su tele, a su computadora, a su teléfono, a dispositivos desde el cual no se escuchan. Yo sé que mucha gente no va a creer en esto, pero es algo que nos recomendaron para ustedes. Así que si en algún momento les ha pasado, ahí está la solución. Pero por ahora es momento de dejar esto de lado. Comenzamos y ya estás escuchando Relatos de la Noche.
Me llamo Graciela y esto que voy a contar pasó hace exactamente cinco años, cuando mi novio y yo todavía llevábamos poco tiempo de vivir juntos. Cerca de nuestro primer aniversario, me acuerdo de la fecha por esto. Voy a empezar como mucha gente diciéndoles que nunca había sido una persona especialmente creyente de historias paranormales. Me encantaba escucharlas porque crecí en un pueblo donde siempre había alguien que aseguraba haber visto bolas de fuego, brujas, duendes o alguna aparición en la carretera. Pero siempre pensaba que si algún día me tocaba a mí algo parecido, seguramente encontraría una explicación lógica. Porque yo me creía más lista que los que así creían.
Lo que pasó aquella noche fue la primera vez que entendí que sí hay experiencias que no iba a poder explicar por más que lo intentara. Hasta la fecha, esto sigue teniendo una influencia fuerte en mi vida. Fue un antes y un después y ya entenderán por qué.
Una de mis mejores amigas acababa de terminar de construir su casita en un pueblo vecino, como a 40 minutos del nuestro. Llevaba años levantándola poco a poco. Primero compró el terreno, después hizo un cuartito, luego fueron terminando poquito a poquito las demás habitaciones hasta que por fin pudo terminarla.
Todas estábamos muy emocionadas por conocerla, porque habíamos visto el proceso desde que solo era el pedazo de tierra. Nos invito a pasar la tarde ahí, comer juntas y quedarnos a dormir para estrenar la casa como debía ser. Una pijamada como cuando éramos chicas.
Yo sí tenía ganas de hacerlo, muchas, pero el día siguiente debía presentarme muy temprano a trabajar, y no había forma de faltar. Le dije que pasaría unas horas con ellas, y que luego me tendría que ir a mi casa. Mi novio se ofreció a pasar por mí cuando terminaran de cenar, para poderme quedar más tarde y así no tendría que manejar sola de noche. Aquellos días estaba oscureciendo bastante tarde. Recuerdo perfectamente que el sol apenas había metido poco después de las ocho, y todavía quedaba algo de claridad cuando él salió de nuestro pueblo. Llegó alrededor de las nueve de la noche. Pasó a saludar y nos despedimos de mis amigas entre bromas porque todas insistían en que me quedara, prometiendo que al día siguiente me levantarían y ya es temprano para regresar a trabajar.
Yo seguí diciendo que no podía. Nos abrazamos, subí al coche, y emprendimos mi novio y yo el regreso. El camino era muy tranquilo, la verdad. Muy poco tráfico en esa zona. Sobre todo ya es ahora. Apenas nos cruzábamos con algún carro cada diez minutos y la conversación iba de lo bien que había quedado la casa de mi amiga, de los planes que tenía para el jardín, de lo mucho que nos había gustado verla tan feliz después de tantos años de esfuerzo.
Entre ambos pueblos existe un tramo muy solitario que siempre me había parecido bonito durante el día. Son varios kilómetros donde no hay una sola casa, ningún rancho, ninguna tienda ni un poste de luz, solamente cerros cubiertos de monte bajo y algunas curvas muy pronunciadas. En una de esas curvas, en la más cerrada, hay un pequeño ensanchamiento de la carretera que funciona como mirador natural. Desde ahí puede verse un barranco bastante profundo, y si la noche está despejada, la luna ilumina todo el paisaje de una manera impresionante, muy bonita. Cuando pasamos por ese sitio los dos volteamos al mismo tiempo, y casi dijimos lo mismo. La luna estaba enorme, redonda, muy brillante, reflejando su luz sobre las piedras y los árboles. Casi parecía de día de lo mucho que iluminaba.
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