**Uriel Reyes** (0:05)
Me dijeron que no me asomara por la ventana de madrugada, sobre todo si escuchaba que algo rondaba la casita donde me iba a quedar. No entendía por qué, pero la gente había sido tan amable conmigo que decidí hacer caso. Cerré todo como me dijeron, cerré la cortina, aseguré las puertas, pero antes de que me pudiera quedar dormido, a medianoche, alguien tocó en la puerta. Podía ver sus pies por debajo de hecha.
Muy buenas noches mi querida comunidad. Hoy en esta historia nos vamos a acercar a una de las zonas más extrañas de México. Así como en Estados Unidos tienen a los apalaches, aquí en México tenemos la famosísima región de la zona del silencio. Conocida por muchos fenómenos paranormales por ahí, porque no solo estamos hablando de lo que pasa cuando vas, de que no funcionan los aparatos, de que las brújulas dejan de señalar el norte. No, ahí y a sus alrededores se cuentan muchas historias de fantasmas, de criaturas, de leyendas. Y hoy, hoy llegamos a ella indirectamente, por la puerta de atrás, a un pueblo a unos pasos de ahí. Es una historia que espero que disfruten y que les anime a compartir la suya, sobre todo si están alrededor de este enigmático lugar o lo han conocido. Así que ya no hay marcha atrás, es momento de comenzar. ¿Estás escuchando? Relatos de la noche.
Hola comunidad, me da mucho gusto finalmente poder saludarles. Prefiero no decir mi nombre porque actualmente trabajo haciendo documentales y reportajes. La mayoría de las veces en una televisora que todos conocemos por aquí en México. Y aunque esta historia ocurrió hace muchos años, no me gustaría que alguien la relacionara conmigo ahora. La gente se puede agarrar de cualquier cosa para atacarlo a uno. A Uriel sí le puedo dar todos los datos si hace falta, pero para el programa prefiero mantenerme en el anonimato. Cuando esto pasó, yo acababa de salir de la universidad, estudié cine y como muchos cuando terminamos la carrera, traí esa emoción de querer salir a recorrer el país con una cámara, convencido de que cualquier camino podía convertirse en un proyecto. Estudié cine pero a mí me apasionaba la fotografía en particular. En aquel entonces tenía el sueño de ser fotógrafo de guerra. No tenía dinero, no tenía contactos y tampoco un plan. Bueno, no uno elaborado. Nada más las ganas. Lo único que tenía era un coche que apenas se mantenían dando. Un par de cámaras que había comprado después de años de ahorrar, y la idea de hacer una serie documental sobre pueblos pequeños de México antes de que terminaran por vaciarse, por cambiar para siempre. Mi papá era de Durango. Desde niño me hablaba mucho del desierto, de las carreteras interminables, de los poblados que parecían detenidos en el tiempo, sin importar cuánto cambiaba la ciudad. Esos que nunca cambiaban y que nada más iban quedando solos. También me hablaba de las zonas del silencio, pero no como para contarme cuentos de miedo. Más bien, pues como algo que formaba parte del paisaje en el que creció. Decía que cuando era joven era muy común escuchar historias de gente que juraba haber visto cosas muy extrañas por esos rumbos, o que aseguraba que los radios dejaban de funcionar ahí, que los carros se apagaban, que las brújulas se volvían locas, que se sentía bien extraño entrar.
Nunca dijo que fuera algo paranormal, pero sí que él lo había comprobado, porque por supuesto que fue varias veces para allá.
Con los años terminé asociando toda esa parte del estado con un lugar misterioso, uno de los que uno tiene que conocer al menos una vez en la vida, así nada más por curiosidad. Por eso cuando planea aquel recorrido, decidí pasar por ahí cerca y puse en una de mis paradas para fotografiar el pueblo de Ceballos. En realidad mi proyecto no tenía nada que ver con la zona del silencio, pero sabía que estaba relativamente cerca y me pareció buena idea aprovechar el viaje para conocer la región. Además, una amiga de la universidad me había dado el teléfono de un tío suyo que vivía ahí. Me dijo que si algún día pasaba por el pueblo, lo buscara, que era buena gente, que seguramente podría recibirme o al menos orientarme. El señor antes de conocerlo ya se mencionó a una persona bien interesante, porque me decía que él se había ido a Ciudad de México muy joven, que había estudiado una carrera, que le iba bien, pero que a los treinta se regresó a Ceballos porque amaba esa vida de pueblo. Y así fue como conocí al señor Ernesto.
Me recibió como si ya nos conociéramos a toda la vida, o como si fuera su sobrina. Eras de esas personas que te hablan de todo, que conoce de todo. Me pareció una persona brillante con quien hablé de fotografía, de mi carrera, de los proyectos que traía en mente, y de todo conocí a él. Me preguntó por mi amiga, por mis planes, por el viaje, y hasta se rió cuando vi el coche en el que había llegado. Me dijo que si ese carro había sobrevivido hasta ahí, seguramente aguantaría cualquier camino del desierto. Yo le respondí que precisamente por eso me gustaba llevarlo, porque nadie imaginaría que ahí llevaba casi todo lo que tenía de valor en la vida. Entre cámaras y lentes y equipo de respaldo cargaba mucho más dinero de lo que el coche hacía pensar. Digo, una sola cámara con un lente valía más que todo el carrito. Le expliqué el tipo de fotografías que buscaba y me dijo que Ceballos a lo mejor era demasiado grande para lo que yo quería ser, que tendría unas tres mil personas más o menos. En cambio conocí a un poblado mucho más pequeño, a unos 40 minutos por terracería, donde apenas vivían unas cuantas familias. Me ofreció incluso una casita que tenía ahí, completamente sola para que pasara la noche, para que pudiera fotografiar el lugar al amanecer, porque tampoco era tan buena idea llegar de madrugada.
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