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Y freneé al entrar esa curva tan peligrosa. No se veía nada más allá de lo que iluminaban mis faros opacos. Pero entonces vi un grupo de cruces que no estaban la noche anterior. Alguien había tenido un accidente. Al parecer una familia. Porque algunas de las cruces tenían juguetes. Pero había algo muy extraño. Las cruces estaban oxidadas. Como si fueran muy viejas. Como si estuvieran allí mucho tiempo. Pero eso no era posible.
Muy buenas noches comunidad. Hoy vamos a adentrarnos en caminos rurales, de tierra, lejos de todo, sin una sola alma alrededor. Te recomendamos escuchar este episodio en un lugar así para que lo disfrutes mejor. Y si no, al menos inténtalo manejando, de noche. Quizás, llames algo cerca de ti. Quizás se te quitará lo escéptico esta misma noche. Desde una lluviosa ciudad de México, como podrán escuchar para el mundo, comenzamos en unos segundos y ya no hay marcha atrás. Estás escuchando Relatos de la Noche.
Hola Uriel, mi nombre es Melissa Flores y esta historia no me ocurrió a mí, sino a mi papá, pero me dio permiso de contarla a la comunidad. Durante muchos años tuve una tiendita, papelería, muy chiquita, que él mismo surtía. Así que cada semana tenía que ir a la ciudad por mercancía. Se iba en la tarde para volver de noche, porque la carretera era peligrosa ya al llegar a mi pueblo. Convenía mejor agarrarla sin carros. Era muy pequeña y con varias curvas al borde de barrancos.
Había una curva en particular que siempre tomaba con especial precaución. Era muy cerrada. Cada cierto tiempo alguien se salía del camino o terminaba volteándose entre el monte. Por eso aunque uno conociera bien esa carretera, ahí siempre había que bajar mucho la velocidad. Además, no podías ver mucho hacia el frente por lo cerrado. Y se venía un carro en sentido contrario, con mucho trabajo que abrían los dos.
Una madrugada mientras regresaba a casa, llegó a esa curva despacio como siempre. Eran cerca de las 12 y no se veía ningún otro vehículo. Redujo la velocidad hasta casi pasar la vuelta de rueda. Fue entonces cuando, a la orilla del camino, vio una cruz de madera. Pensó que seguramente correspondía a alguna persona que había perdido la vida ahí. Algo desgraciadamente común en muchas carreteras. Pero unos metros más adelante apareció otra más, con tres cruces pequeñas detrás. Lo que más le llamó la atención fue que, aunque pensó que eran nuevas porque nunca antes las había visto, no parecían recientes. El metal está oxidado por el paso del tiempo. Algunas tenían flores completamente secas y frente a las pequeñas había juguetes que ya se veían muy viejos. Un oso de peluche sin un ojo, un muñeco roto.
Mi papá pensó que quizás una familia entera había muerto ahí muchos años atrás y que por alguna razón él nunca se había fijado en aquellas cruces. Siguió su camino y llegó a la casa extrañamente conmovido. Nunca le había pasado eso y alguien que viaja tanto está acostumbrado a ver no solo las cruces, a veces los accidentes también.
La semana siguiente, como siempre, volvió a pasar por esa misma carretera. Como todavía recordaba aquellas cinco cruces, redujo la velocidad para volver a verlas. Pero no estaban, no había ninguna. Pensó que tal vez las había confundido con otra curva, pero en realidad eso era imposible. Ese tramo lo conocía de memoria. Además era el único donde siempre tenía que bajar tanto la velocidad.
Durante los siguientes días preguntó a varios conocidos del rumbo si sabían de algún accidente donde hubiera muerto una familia, pero nadie recordaba algo así. Entonces les preguntó por las cruces. Todos respondieron lo mismo. ¿Cuáles cruces? Mi papá les explicaba que eran cinco, todas viejas, que tres de ellas tenían juguetes.
Uno de los señores incluso soltó una risa y le dijo que llevaba viviendo ahí más de 40 años y que, si hubiera cinco cruces en esa curva, él lo sabría, pero nunca las había visto.
Mi papá dejó de mencionarlo porque nadie le creyó. Sin embargo, hubo algo que nunca pudo quitarse de la cabeza, que las cruces no parecían nuevas, que parecían llevar muchos años ahí. Y eso era precisamente lo que más miedo le daba porque, si nadie las había puesto todavía, entonces, ¿por qué las vio tan viejas?
Hasta el día de hoy sigue pasando por esa carretera, ¿y saben qué es lo que realmente le da miedo? Que piensa que a lo mejor se asomó en el tiempo y que ese accidente apenas está por ocurrir.
Muy buenas noches a todos los que escuchen. Les voy a contar una historia que me pasó una noche de lluvia, cuando andaba en el rancho de mi suegro y ya cuando se hacía tarde y me iba a regresar a mi pueblo. Me dijo que cargara algo de pastura para mis animales porque él tenía mucha. Empezaba a llover y quise apresurarme porque no son los mejores caminos en esas condiciones. Eran como las diez, pero el cielo estaba tan cubierto que parecía mucho más noche. Y tal vez por la lluvia, la carretera estaba vacía.
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