**Isa Garcia** (0:00)
El año pasado, un amigo nos invitó a pasar año nuevo en su casa de verano. Su mamá tiene esta tradición de organizar una cena de 31 de diciembre de gala donde todo el mundo se pone vestido largo y smoking. Y entonces manejamos a Westbound Beach, que es como a 90 minutos de Miami. El 30 o el 31 por la mañana, empacamos el smoking, el vestido largo, pasamos el día con amigos y ya por la tarde nos alistamos para ir a tomar cocteles en el happy hour antes de la cena con todo el grupo que estaba invitado a esta cena. Yo la verdad no sabía qué esperar. Habíamos ido a este lugar antes solo entre amigos, pero esta vez era la mamá, la host de Año Nuevo. Entonces éramos como un grupo de 5 o 6 de nosotros los jóvenes, pero todo el resto eran personas mayores hechas y derechas. Y yo aquí hablando como si nosotros hubiéramos ido a la mesa de niños. Pero me refiero a que nosotros éramos el grupo de 30 a 35 años y después del resto de las personas en la cena tenían 45, 55 y hasta 70, 80 años. Empezamos a conversar, tomamos un martini, un champán súper entretenido y nos llaman que ya pasemos a cenar. Para mi sorpresa, habían puestos designados. El nombre de cada persona estaba en una silla y en vez de sentarnos por grupos, nos sentaron a todos mezclados y en desorden para que nadie termine solo conversando. En un grupito era una mesa larga con todo el mundo. Y a mí me tocó sentada al lado de un señor de unos 80 años. Estaba puesto su smoking impecable, elegantísimo, guapísimo. Se le sentía como súper distinguido en cómo se movía y cómo hablaba. Nos ponemos a conversar y me pregunto qué hago, a qué me dedico. Yo le pregunté lo mismo de vuelta. Y yo me había dado cuenta entre señales de aquí a allá que el señor era claramente muy exitoso, muy inteligente y claramente era alguien que había tenido una carrera importante en el mundo de la banca y las finanzas, porque ya me dijo en qué industria había trabajado, en qué mundo se movía. Y ahí él me dice, me acabo de retirar la semana pasada. Pero me lo dijo mirando abajo, claramente triste, un poco encorvado. Y yo sin pensar mucho, dije que se le dice a una persona que se acaba de retirar. Le dije en automático, ay, ¡wow! ¡Qué increíble! Felicitaciones, salud. Y el señor paró un par de segundos que fueron un poco incómodos y me quedó viendo. Y me dijo, ¿cómo que felicitaciones? Es uno de los momentos más tristes de mi vida. Y yo me quedé fría, me trago el aire y no supe qué decir. Y él me quedó viendo y me dijo, tú sabes lo que yo daría por tener tu edad, tu energía, tu salud. Y poder llegar todos los días a trabajar, y poder volver a estar rodeado de las personas más inteligentes que admiro demasiado por ocho horas al día mientras trabajamos en cosas extraordinarias. Tú sabes lo que yo daría por volver a tener tu edad y tener décadas por delante en mi carrera. Tú sabes lo que yo daría por sentirme útil todos los días, hacer contribuciones importantes, aprender, llegar todos los días cansado a casa de haber estado haciendo cosas que me importan. Y me dijo, retirarme no es una celebración. Yo daría lo que sea por volver a tener tu edad y tener toda mi carrera por delante. Fue uno de esos momentos de esas conversaciones que se me quedaron grabadas en mi corazón. Y pienso en esa conversación todo el tiempo. Fue tan importante y tan especial para mí porque se sintió como una respuesta a muchas preguntas grandes o preguntas existenciales que he tenido dentro de mí por muchos años. Estas preguntas filosóficas sobre el trabajo, la ambición, el éxito, el dinero, el esfuerzo, la disciplina, el sacrificio, el amor, ser mujer. Son preguntas, miedos, historias, limitaciones o cuestionamientos que yo he tenido adentro de mí marinándose y masticándose desde que tengo memoria, probablemente en el colegio. A veces, esas preguntas o esa ambición o esas ganas de más se han sentido como un regalo y otras veces se han sentido como un peso. A veces han sido emociones o preguntas energizantes e inspiradoras. Pero hay otras veces en las que se han sentido más como una piedra en el zapato, como una limitación, como algo que me hace sentir insuficiente o diferente o inferior. Esos sueños gigantes, ese fuego interior, esa vocecita que no se calla, que te dice que estás hecha para más o esa insatisfacción con lo que parece ser normal y común. Esta conversación con este señor, que ni siquiera me acuerdo de su nombre, atravesó mucho del ruido que yo estaba teniendo en ese momento y aterrizó en un lugar súper profundo de mi corazón. Se sintió como una dosis de claridad refrescante, como un vaso de agua fría cuando estás cansada y tienes calor. Ese señor no me dio un consejo, no me estaba tratando de decir qué hacer, no me repitió una frase motivacional reciclada. No me dio una respuesta. Lo que me dio fue una perspectiva profunda de él mismo de verdad, de alguien que ya había caminado un camino por décadas, por una vida entera y estaba mirando para atrás. Y esa noche me quedé pensando en que el problema es que ese señor no está en redes sociales. Ese señor nos está volviendo viral en TikTok. Hoy en día estamos y solo se va a volver peor con el pasar del tiempo y la inteligencia artificial. Estamos rodeados y bañados de ruido y distracciones, de opiniones y juicios y tendencias que se pueden volver tan ruidosas, extremas, repetitivas y recicladas. Y es extremadamente peligroso volver al contenido que consumimos de corta duración y viral con la tendencia del mes en nuestro compás de vida. O peor, la regla que usamos para dirigir nuestra vida, nuestros sueños y nuestros proyectos. Porque basta con estar en redes sociales por unos años para notar que es un péndulo, como todas las tendencias, es un péndulo que se va de un extremo al otro extremo y eventualmente las cosas pasan de moda. Es nuestra responsabilidad encontrar guías que perduran en el tiempo. Encontrar, descubrir, implementar, sembrar en nuestro corazón principios de vida más maduros, más estables y más sabios realmente nos permitan construir con cimientos más estables. Y uno de los lugares en los que he encontrado eso, algo que se siente como esa claridad y ese vaso de agua delicioso, como cuando ese señor me dijo esto acerca de retirarse, el mejor lugar en el cual yo he encontrado ese ha sido libros, autografías, pero también los documentales de las personas extraordinarias. Ver documentales ha sido una de las decisiones y de los hábitos más importantes que he adoptado en los últimos cinco años. Es una de las decisiones y los hábitos que más ha cambiado mi vida en los últimos cinco años. Y después de ver más de 100 documentales de personas extraordinarias, he llegado a la conclusión de que son tan poderosos porque son uno de los pocos medios de la mano de los libros en los cuales podemos consumir y aprender una historia completa, de una vida completa de principio a fin, cuando ya se alcanza a ver la perspectiva a largo plazo y se alcanza a ver el arco de una historia completa de principio a fin. No solo consejos sueltos, no solo las frases del momento, no solo opiniones intensas y exageradas para el algoritmo, no solo contenido creado para buscar likes o aprobación o moda, no solo una foto de un momento presente o un momento reciente, no solo relevante hoy, sino una historia completa después de décadas y décadas recorridas. Eso se llama el contexto completo, ¿verdad? No solo juicios o fotos o videos, opiniones sueltas o aisladas o superficiales, no solo cosas que hacen sentido en un contexto de hoy, este mes, pero no el próximo año, sino verdades y principios que sobrevivieron décadas y que perduraron con el tiempo. Al final del día, las historias de las que tú y yo aprendemos se terminan convirtiendo en guías, se terminan convirtiendo en mapas que informan cómo vemos la vida y cómo tomamos decisiones. Una de las primeras maneras de las que hacemos eso son las leyendas y las historias familiares en el entorno en el que crecimos, en la cultura en la que crecimos, en la religión en la que crecimos. Pero ver documentales se ha convertido para mí en un antídoto contra la distracción, la comparación y la impaciencia. Pero lo interesante es que en el proceso de ir viendo estos documentales fui encontrando patrones. No son patrones exactos porque estas vidas extraordinarias son profundamente únicas y originales e irrepetibles. Por eso son extraordinarias a lo largo de tantas diferentes industrias y tantos diferentes momentos de la historia. Pero si hay estos patrones en los principios que guían y construyen estas vidas, especialmente de las que estamos hablando aquí, que son las inspiradoras por sostenibles, por icónicas, por estas contribuciones maravillosas de innovadoras. A lo largo del tiempo me he ido imaginando que siento a todas estas personas de los documentales que veo en una misma mesa a conversar. Y me los imagino teniendo una conversación y discutiendo sobre estos temas y haciéndose estas preguntas existenciales o filosóficas que yo he tenido o sigo teniendo.
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